LA GAVETA
La paradoja de ZP
Soñaba con ser el primer presidente de la Tercera República Española. Lo anhelaba con el mismo ahínco con que defendió un estatuto anticonstitucional que no preocupaba a los catalanes, pero sí al nacionalista Maragall, al que Zapatero debía los votos que le hicieron secretario general del PSOE.
La misma decisión con la que negoció con ETA hace años y a saber de qué. Decisión que hemos vuelto a ver hace poco, ya de un ZP en retirada, pero que luchó a tope para que los amigos de la ETA volvieran a las instituciones.
El sueño republicano debería concretarse en unos tres mandatos. Para ello había que desautorizar sutilmente al principio, y más duramente después, a la monarquía. Régimen con el ZP debe simpatizar bastante poco.
También convenía regresar al ambiente de la Segunda República. Poner de nuevo aquel tiempo de España en el corazón de la actualidad.
La guerra civil, de la que nadie quería hablar en la Transición, particularmente las víctimas, volvió de la mano de un hijo de familia. Y aunque la memoria de aquel tiempo terrible debe ser honrada siempre, ZP la sirvió adobada con un cierto aura de rencor. Y no de reconciliación.
El sueño de Zapatero también necesitaba desacreditar la Transición, tan meritoria y universal, porque jamás en el mundo había sucedido un cambio tan ejemplar de una dictadura a la democracia. Minimizar la Transición es un modo paralelo de combatir la monarquía constitucional. El régimen que ha dado a España el mejor período de progreso y libertades desde el siglo XVIII. Es decir, desde siempre.
El cierre de la estrategia pasaba por convertir España en un estado confederal. Un país asimétrico donde cada Puerto Rico de Iberia y los archipiélagos funcionara de facto como independiente, con sus selecciones nacionales en la Fifa. Aquel sueño es hoy la desazón de un país empobrecido y crispado, cada día más desunido y decepcionado. Aquel sueño es hoy el paro que devora a cinco millones de españoles, el hambre que ya padecen dos millones. Y los amigos de la ETA en las instituciones. Pero todo ello no debe nublarnos la vista y no reconocer los méritos de ZP. Su cordialidad, su apuesta cívica, su modernidad, su inequívoca condición de demócrata. Además, y como berciano tengo que agradecerle a ZP la Ciuden. Que sería otro sueño sin la presencia del leonés en la Moncloa.
La Ciuden, que refuerza la condición de ciudad de Ponferrada. Que la coloca en el club de las urbes vanguardistas y memoriosas a la par. Que remata con vigor y talento el pasado industrial de la región berciana. Y que dialoga bellamente con el otro pasado de la villa, el jacobeo y templario.
ZP será una eterna paradoja para los bercianos: nos hizo el bien y el mal.