Diario de León
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JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
León

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En un país en el que no dimite nadie por los resultados electorales -véase la crítica de Antonio Canedo a Francisco Fernández, secretario provincial del PSOE, por los resultados en las elecciones del 22M- honra a Miguel Angel Fernández, coordinador provincial de Izquierda Unida, haber presentado su dimisión como tal coordinador. Es verdad que no ha dimitido, como debería haberlo hecho, por los resultados nefastos sino por la rebelión de los candidatos de IU a secundar la política nacional de apoyo al PSOE en la elección de alcaldes. El exabrupto de Miguel Angel llamando al PP como la derecha más reaccionaria de Europa no sólo es, en el ámbito municipal, falso; es además injusto, porque apoyando al PSOE justifica la política, tan denostada por IU en estos años, que practicó aquel partido en numerosos municipios y comunidades.

La dirección de Izquierda Unida, no sólo por tocar un poco de poder como señalan algunos, sino porque desde hace mucho tiempo se mueve exclusivamente por cuestiones ideológicas, entendido esto en el peor sentido del término, olvida que lo que quieren sus bases, en consonancia con buena parte de la ciudadanía, es limpiar las instituciones de tanta corrupción y clientelismo como hay. El varapalo sufrido por el PSOE es el signo inequívoco de un cambio que la ciudadanía ve necesario, y así lo han entendido, mucho mejor que su dirección, los militantes. Los Llamazares, Lara y otros zorrocotrocos de la dirección nacional de IU se han instalado en un lenguaje frentepopulista y en unas políticas alejadas de los problemas reales y concretos que afectan a los ciudadanos, y así les va. Un ejemplo lo tenemos en el problema de Cosmos donde ni se les ha visto ni se les espera.

El problema es más profundo. La dirección de IU se ha dejado arrebatar su historia, yendo al rebufo del zapaterismo en su regreso al pasado republicano como legitimación de la política de división social y nacional. Izquierda Unida, el PCE se legitimó no en ese pasado, sino en la política de reconciliación nacional, en la lucha en favor de las libertades y la democracia durante el franquismo. Esa política le granjeó el apoyo de los trabajadores en torno a Comisiones Obreras y de las minorías ilustradas, que lo convirtieron en el principal ariete del cambio. Los resultados electorales no se correspondieron con aquella lucha, muchos oportunistas se pasaron con armas y bagajes al PSOE en busca de un puesto al sol, y la dirección, para cortar esa hemorragia, fue derivando hacia derroteros alejados de esa historia. El zapaterismo, por último, lo enredó en las leyes de memoria histórica y otras políticas a cada cual más sectarias, con la pérdida de identidad propia. La de Miguel no es la única dimisión que debería producirse.

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