RÍO ARRIBA
Ladrillos y sabañones
S e supone que vivimos tiempos vertiginosos, en los que no puedes dar un paso o pestañear sin tener la impresión de que el mundo se desvanece a tus pies y resulta que cuando vas de vacaciones al mismo lugar que hace tres años continúas viendo los mismos carteles de -œse vende- en las fachadas de los edificios, acompañados de otros más flamantes, como si el precio de ciertas cosas fuese inamovible y la famosa burbuja inmobiliaria fuese en realidad un coágulo de grasa incrustado en los capilares financieros del país. Cualquier idiota sabía que esa desmesura de bloques llenando el horizonte de nuestras ciudades no seguía un patrón lógico y que tarde o temprano se convertirían en nichos a medio acabar, y ahora, con el fin de no descabalar unos balances más propios de nigromantes que de banqueros, siguen ahí, inmutables, con el cartel en el alféizar, ajenos al precio real que marca el mercado. Hasta cuarenta y seis mil millones de euros (¿alguien puede asimilar en su cabeza semejante cantidad de di nero?) deben afro ntar los bancos -“y muy especialmente las cajas-“ españoles en pérdidas asociadas al ladrillo, según análisis de la Autoridad Bancaria Europea (EBA, por sus siglas en inglés). En lugar de soltarnos vaguedades y declaraciones pomposas, alguien debería decirnos cómo piensa resolver técnicamente esa catástrofe, y sobre todo cuánto tiempo y cuánto dinero va a llevar solucionarla, salvo que ya den por hecho que no tiene arreglo, o mejor dicho, que el desenlace y los procedimientos serán los de siempre: pagaremos el desaguisado los ciudadanos de a pie, como históricamente viene sucediendo, desde los tiempos en que nuestros monarcas endeudaban el país para pagar sus guerras y caprichos. Vaya lo que hemos avanzado. Un babiano que no ha comprado piso en León me comentaba el otro día que a lo mejor regresaban los tiempos del estraperlo y que si había leído esa noticia sobre una epidemia de tiña en un colegio de Madrid. «Vuelven los sabañones y la pelagra», agregó, y en sus ojos había una mezcla de ironía y resignación. La mezcla explosiva de esta época ha sido la codicia de unos pocos y la estupidez de muchos, que aspiraban a ser como los primeros. El cemento de la mezcla salió del malo.