Diario de León
Publicado por
ANTONIO PAPELL
León

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E l escándalo mediático sucedido en el Reino Unido en torno al imperio del australiano Murdoch presenta ciertas originalidades que son únicas porque la idiosincrasia británica y las características de su sistema político son asimismo singulares. Sin embargo, la extrapolación de lo ocurrido permite una serie de reflexiones muy útiles sobre las relaciones entre prensa y poder. En el Reino Unido, donde persiste una sociedad fuertemente estratificada con una pequeña elite dominante muy endogámica y una gran base social alejada de aquélla, la prensa amarilla -”los tabloides de tiradas millonarias como News of the World , propiedad de Murdoch desde 1969, y The Sun , adquirido más tarde-”, devorados febrilmente por las muchedumbres, han constituido el nexo principal entre la clase política y el grueso de su electorado. De ahí la inmensa influencia del empresario australiano, que llegó a convertirse en pieza clave del poder: apoyó a Thatcher, a cambio de la lucha sin cuartel de la Dama de Hierro contra el movimiento sindical; más tarde a Blair, con la condición de que mantuviese al Reino Unido fuera del euro y de permitirle incrementar su presencia en el audiovisual; finalmente a Cameron, con la promesa de facilitarle la compra del ciento por ciento de BSkyB, la plataforma digital que emite el fútbol y de la que Murdoch ya controla el 39%. La relación con Cameron ha sido muy comprometedora para éste, puesto que el ahora primer ministro, además de haber contratado a Andy Coulson, un hombre de Murdoch que había sido director de News of the World , como su jefe de Comunicación, fue reiteradamente invitado de honor en el yate del empresario, y asistió a sus fiestas de Navidad y a la boda de Rebekah Brooks, la consejera delegada de News Corporation que ha sido detenida y puesta en libertad con cargos.

En los últimos tiempos, tras la aparición de los teléfonos móviles analógicos, el ascendiente logrado por Murdoch era espurio y ya se basaba descaradamente en la intromisión en la intimidad de las personas y en el chantaje. Las escuchas telefónicas se generalizaron y los tabloides no sólo hicieron estragos en la vida privada de personajes populares sino que permitieron elaborar interesantes dossiers sobre los políticos, que les garantizaron la impunidad. Pusieron en su nómina a policías para obtener información confidencial de primera mano -lo que ha provocado la dimisión de los dos primeros directivos de Scotland Yard- y acabó estableciéndose una oscura y patológica connivencia entre prensa y poder, que traicionó no sólo los grandes principios democráticos sino también el servicio público de la información que los medios de comunicación, depositarios de la opinión pública, deben prestar a los ciudadanos

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