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JOSÉ LUIS GAVILANES LASO. ESCRITOR
León

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Con esta frase mítica respondió el valeroso torero Manuel García Cuesta, el Espartero, a un periodista que le inquiría sobre su desprecio a la muerte ante los astados. ¡Si sabía el diestro de temores y dolores por ayunos involuntarios, antes que un cuerno le segara la vida a edad temprana! A la vista hoy de los niños de Somalia, no puedes dejar de conmoverte, si es que tu corazón aún no se ha acorazado del todo ante tanta tragedia. Imágenes terribles de niños secos, esqueléticos, con unos ojos grandes y tristes a punto de saltar de su carita apagada, y con vientres hinchados que parecen tambores montados sobre dos piernecillas zambas y endebles, espantan la mirada hasta de las hienas. Quien cuenta haberla sobrevivido, el hambre desbocada es inefable y repica en el estómago como una campana enloquecida. Tiene tal fueraza que es capaz de repercutir no sólo sobre el cuerpo sino también en el alma. ¡Cuántos hombres han sido toda su vida un ejemplo de honestidad y llegados al límite por hambre hurtaron un trozo de pan a sus compañeros de infortunio! ¡Cuántas mujeres han entregado su honra para no ver morir de hambre a sus hijos y, en cambio, se habrían dejado matar para no perderla!

¿Es acaso el hambre un fenómeno natural inherente a la vida, contingencia tan ineluctable como la muerte, como se representa a la grupa de uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis? ¿O bien se trata de una plaga social creada por el propio hombre? Desde los primeros tiempos, la historia de la humanidad, por mucho que la hayamos disfrazado con variopinta y lujosa indumentaria, no es más que la historia de la lucha por el pan de cada día. Sin embargo, hasta finales de la segunda guerra mundial, muy poca cosa se había escrito respecto al fenómeno del hambre bajo sus diversas manifestaciones. No sólo está demostrado que las pérdidas humanas por hambruna son mucho más considerables que las provocadas por las guerras y epidemias juntas, sino que el hambre constituye aún la más efectiva y constante de las causas de guerra y de preparar el terreno propicio para la eclosión de las grandes epidemias. Y sin embargo, nuestra civilización ha procurado siempre apartar la mirada de su cara sucia. Esta conspiración del silencio en torno al fenómeno del hambre viene determinada por varios factores. El primero obedece a un principio de orden moral. Tanto el hambre de alimentos como el hambre sexual son instintos primarios. Nuestra civilización se esfuerza, aunque sin éxito, por negar sistemáticamente el poder creador de los instintos, tratándolos como si fuesen fuerzas despreciables. Los idealistas dieciochescos formaron un concepto del hombre poco menos que angelical. Estos idealistas de la cultura pensaban que les sería fácil dominar los impulsos naturales a base de esconderlos, de sofocarlos e imponerles silencio.

Pero sobre la calamidad del hambre había razones aún más fuertes que los prejuicios de orden moral. Razones cuyas raíces se hunden en el mundo secreto de los intereses económicos. Fueron factores de naturaleza económica los que disimularon a los ojos del mundo tragedias tan atroces como la de China durante el siglo XIX, en donde, por falta de un puñado de arroz, cerca de cien millones de personas murieron de hambre; o la de la India, donde veinte millones de seres humanos fueron destruidos por el mismo azote en los treinta últimos años del mismo siglo; o la situación actual del cuerno de África, donde miles de criaturas se debaten en el círculo de hierro del hambre y morirán por inanición si no llegan a tiempo los alimentos que sus tierras resecas no les pueden dar.

Para demostrar hasta qué punto los investigadores occidentales ignoraban el fenómeno del hambre en su realidad social más allá de las cuatro paredes de sus laboratorios, basta con recordar cuando las tropas aliadas contemplaron horrorizadas en mayo de 1945 el espantoso espectáculo de los campos de concentración nazis. En Bergen-Belsen, el servicio médico de las tropas aliadas y los técnicos de la Cruz Roja encontraron a miles de personas en el último grado de extenuación. Al no poseer la documentación precisa sobre el tratamiento que debían aplicarles, comenzaron administrándoles alimentos predigeridos por vía bucal y, en los casos más graves, en forma de inyecciones intravenosas. Los resultados fueron catastróficos. Los médicos y los enfermeros encargados de salvar de la muerte a aquellos guiñapos humanos pasaron por un momento realmente difícil al enfrentarse con las horribles reacciones de los hambrientos, que se creían de nuevo torturados por los nazis. Sólo con el tiempo, y después de haber sacrificado un gran número de vidas humanas, se descubrió que en estos casos el mejor alimento es, simplemente, la leche descremada. Fue preciso que el hambre aguda se desencadenase de nuevo en la propia Europa para que la ciencia occidental se tomase algún interés por conocer los procedimientos capaces de combatir sus efectos.

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Verdad es que fueron precisas dos terribles guerras mundiales y una espantosa revolución social -"la revolución rusa, en cuyo transcurso perecieron 17 millones de hombres, 12 de ellos muertos de hambre-" para que la civilización occidental se convenciese, de una vez por todas, que ya no era posible esconder la realidad del hambre a los ojos del mundo. Hubiese sido tanto como querer ocultar el sol con una criba. En la actualidad las cosas son diferentes: el problema de la lucha contra el hambre se ha insertado ya en el repertorio de ideas fundamentales de nuestro tiempo. Esto explica que ahora se encuentren gran número de organizaciones humanitarias y de publicaciones sobre el tema. Destacaría una que produjo gran impacto nada más editarse Geopolítica del hambre (1952), del brasileño Josué de Castro. Luego vino la campaña contra el hambre organizada por la FAO a partir de 1959. Pero la cruel realidad es que todavía dos tercios de la humanidad viven constantemente amenazados por el hambre. Lo que significa que aún estamos lejos en esta nueva era de conseguir poner el dinero al servicio del hombre, no de hacer al hombre esclavo del dinero. Aún estamos lejos de dirigir la producción de modo que satisfaga las necesidades fundamentales de los grupos humanos, y no en tolerar que el hambre continúe matando estúpidamente al hombre para satisfacer el insaciable apetito del lucro de la empresa productora. La civilización industrial y posindustrial, productos de la explosión tecnológica, están todavía muy lejos de aportar al hombre los beneficios de la expansión económica que tenía derecho a esperar. Lejos estamos aún de que el hambre y la guerra no sean ya la principal causa para decir que la mayor tragedia del hombre es haber nacido. El desarrollo de las fuerzas productivas ha alcanzado tal nivel que en la actualidad la idea de erradicar el hambre y la miseria en el mundo no es ningún sueño utópico. Como afirmó Herbert Marcuse en El final de la utopía : «Podemos convertir el mundo en un infierno; pero, ciertamente, también podemos transformarlo en todo lo contrario».