Diario de León
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ANTONIO PAPELL
León

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l anuncio de las elecciones generales para el 20-N no ha sido, como se presagiaba, el gran revulsivo que anunciaba la oposición. Ciertamente, a partir del 12 de mayo de 2010, cuando Rodríguez Zapatero anunció solemnemente en el Congreso de los Diputados que se plegaba a los designios estrictos de la Unión Europea, España ha hecho escrupulosamente los deberes, cumplimos el objetivo de déficit en 2010 y vamos a llegar al 6% previsto para 2011, con una deuda del 68% del PIB, inferior, pongamos por caso, a la alemana. A diferencia de Grecia y quizá de otros países, la solvencia de España no está en duda, en el sentido de que no es dudoso que podamos devolver los créditos de que hemos disfrutado y en los plazos previstos. Y ello a pesar de que las comunidades autónomas, poco o nada controladas en el pasado, hayan acumulado unos déficit superiores a los autorizados, lo que obligará a nuevos y más costosos ajustes.

En el terreno de las reformas estructurales, que son necesarias para que este país pueda ir cambiando su patrón de crecimiento y emprendiendo la senda del desarrollo económico, los mercados saben perfectamente que, aunque la derecha española postula fórmulas neoliberales más acordes con las pautas de desregulación y flexibilización que son precisas para que el sistema económico arranque con renovados bríos, Rajoy no va a inmolarse en el ara de los sindicatos. El líder popular ya ha prometido solemnemente, para que no haya dudas, que no recortará en absoluto el gasto social. En otras palabras, la derecha, si llega al poder, tendrá las mismas cautelas que ha tenido la izquierda a la hora de reformar el mercado laboral, las pensiones, las cotizaciones sociales, etcétera.

Dicho esto, y ya que obviamente hay que celebrar elecciones, parece claro que para aprovechar al máximo los ingredientes dinamizadores del cambio, hubiera sido lógico que el anuncio fuera lo más contiguo posible a la fecha electoral. Es insólito anunciar, como ha hecho Zapatero, que dentro de dos meses convocará elecciones. Dilatar los períodos de provisionalidad nunca puede ser estabilizador. Así las cosas, y puesto que las elecciones -con o sin alternancia ideológica- no son la panacea, cabe preguntarse qué más podemos hacer para salir del túnel. Y la respuesta no es dudosa: sería mucho más fácil reajustar las cuentas públicas, acelerar las reformas y conseguir la confianza de los mercados si los dos grandes partidos y las principales minorías formalizaran un acuerdo de cooperación para pilotar la salida de la crisis. No hacen falta coaliciones extrañas ni grandilocuencias prolijas: bastaría con que las dos grandes formaciones pusieran en común su a veces dudoso sentido del Estado para unir fuerzas, transmitir unanimidades y animar juntas a la desolada ciudadanía.

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