LA VELETA
Cómo salir
ay un debate académico entre expertos económicos sobre si la actual coyuntura mundial sería una gran recesión, como la de 1929, o, por el contrario, al tratarse de una crisis típicamente financiera, habría que hablar más bien de «gran contracción», caracterizada porque el gran problema es la extraordinaria deuda acumulada por los Estados y por los particulares, tras una etapa de fuerte crecimiento en que el apalancamiento ha sido la norma y no la excepción a la hora de realizar toda clase de negocios especulativos. En toda Europa se ha producido una sistemática reducción del sector público y de la presión fiscal, y ciertamente hemos conseguido dos décadas de una prosperidad sin precedentes. Pero todo este conjunto de países, que han recorrido un espectacular proceso de crecimiento y enriquecimiento, tampoco ha querido renunciar al estado de bienestar, ni sus administraciones públicas se han resignado a reducir su papel inversor.
El caso norteamericano es paradigmático: tras muchos años de crónico desequilibrio, en Estados Unidos la deuda es del 102% del PIB y el déficit anual del 9%. Pero ha llegado la crisis, debida en buena medida a la ausencia de regulación y control, provocada por el hundimiento del inestable y avaricioso edificio financiero internacional, con la consiguiente cesación de la actividad, el estallido de la burbuja —en Estados Unidos, España, Irlanda, etcétera— y la generación de un gravísimo e insoportable desempleo. Los prestamistas, que se estaban lucrando del anterior endeudamiento de los Estados y los particulares, se han alarmado, y han exigido rigor a los deudores. Tras el batacazo, se ha impuesto el plan de estabilización. La austeridad sobre todas las cosas para poder devolver lo prestado en tiempo y forma. Pero una vez producida la gran contracción, no es fácil volver a crecer, y menos cuando hay que seguir pagando religiosamente los plazos de la deuda. El mayor deudor de todos y el más insolvente, Grecia, está siendo tan presionada por los acreedores que todavía permanece en recesión, del orden del -5% del PIB, con lo que resulta vana la pretensión de que devuelva sus créditos.
Sin estímulos fiscales, la UE no regresará al crecimiento, pero no hay recursos para tales políticas keynesianas porque todos los disponibles han de ser aplicados al pago de la deuda. Algunos heterodoxos, Krugman entre ellos, proponen como solución una alta inflación, que en realidad es una transferencia de capital desde los acreedores a los deudores, pero no parece que en Europa este planteamiento sea aceptable. Aquí, el futuro ha de pasar por conseguir que se estabilicen los países más desequilibrados, aunque ello haya de hacerse mediante una reestructuración, es decir, aunque cueste dinero a los más ricos y a los más cumplidores. Si no se ve así, la gran contracción podría arrastrarnos a todos hacia el gran sumidero.