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JOSÉ luis gavilanes laso
León

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«Fea, pobre y portuguesa…¡chúpate esa!», fue comentario general del pueblo y leyenda de un pasquín que apareció clavado en la puerta de palacio el día de los esponsales, en segundas nupcias, del rey de España Fernando VII con su sobrina la princesa portuguesa Maria Isabel de Bragança. Me viene a la memoria como aplicable en sentido inverso a José Mourinho, entrenador del Real Madrid. Salgo al paso, por si fuere el caso, de posibles sujetos proclives a extrapolar hacia los portugueses en general el comportamiento indecoroso de uno de sus naturales. Y no lo digo sólo porque en el vestuario madridista se hable tanto más portugués que español (Mourinho y ayudantes, Carvalho, Cristiano, Cointrão, Pepe, Marcelo, Kaká); ni tampoco por lo acontecido en la noche del pasado día 17 en el Nou Camp, sino como algo que ya viene siendo habitual en el comportamiento singular de este guapo, rico y exitoso ciudadano portugués en lizas futbolísticas. Estuve durante treinta años adoctrinando sobre lengua y literatura portuguesa. Conozco Portugal, su cultura y sus gentes. Y aunque de pocas cosas puede uno estar seguro en esta vida, aseguro que el portugués, si de algo puede estar orgulloso y nos puede dar lecciones a los españoles, es de ser generalmente un tipo educado, a veces sobrepasándose en ceremonia hasta hacerse melindroso. Claro es que siempre hay excepciones que confirman la regla. Y hoy se puede afirmar, con todos los pronunciamientos, que una de ellas es, a mi pesar y al de los portugueses, el «señor» José Mourinho, deportivamente hablando, claro está. Me imagino la cara de los portugueses que estuvieron viendo el partido entre el Barcelona y el Madrid, sin duda sonrojados ante la conducta post—partido de su compatriota, al igual que todos los que amamos el deporte y las tierras y gentes donde se nos pone el sol.

Por lo visto en las repetidas ocasiones de enfrentamiento entre los dos equipos punteros de la Liga nacional, ganar al Barcelona se ha convertido en una enfermiza obsesión para Mourinho y sus huestes. Sus muchachos salen tan alocados, y a veces excedidos en sus faltas, que pienso es precisamente el ansia desmedida inculcada por su director lo que les resta el cerebro y paciencia necesaria para acertar con los goles que les den el triunfo. Para justificar el fracaso, Mourinho echa mano de todas las argucias: muecas, exabruptos, desplantes y disculpas en fechas, árbitros, recogepelotas, simulaciones del contrario, provocaciones, etc. Su hiperbólico ego puede perdonarle perder contra cualquier equipo, pero contra el Barcelona, ¡ni hablar! No ser el primero es un dolor inaguantable. Y el Barcelona es hoy el número uno sin discusión. Cuando la derrota culé le hiere, se muerde la herida para que le duela aún más, y eso quizá sea una forma de aumentar su grandeza. No es suficiente que «o Zé» haya ganado a su homónimo y colega «Pep», con mucha suerte, una semifinal de la Champión, siendo entonces entrenador del Inter. Pero la suerte es extraordinariamente caprichosa; unas veces nos sonríe y otras nos muerde. Es obvio, que en estos dos últimos enfrentamientos, por dominio y ocasiones, la supercopa se la tendría que haber llevado el Real Madrid a sus vitrinas, pero en el desaforado fútbol actual, que tiene tantas cosas buenas como detestables, hay algo que no existe en absoluto, lógica, que se verbaliza a través de la socorrida frase «el fútbol es fútbol». El «señor» Mourinho hubiera quedado como un auténtico señor de verdad, si su mala leche perdedora no hubiese digitalizado el ojo ajeno, felicitando a su rival, contenido la violencia de sus jugadores más aguerridos, reteniéndolos a todos en el campo hasta la entrega del trofeo, evitando luego en la rueda de prensa demostraciones de cinismo mentiroso y desconsideración personal. Tras de ello, Mourinho hubiese quedado como el verdadero deportista que por desgracia no es. Y todo el mundo, propios y extraños, le hubiera aplaudido a pesar de la derrota. Porque el espectáculo estrictamente futbolístico fue brillante, y en ello tiene también el luso su parte de protagonismo por demostrada competencia futbolística. En cambio, «Mou» se ha rebajado a la altura del betún, descalificándose para siempre y para muchos, entre los que me encuentro. Porque el fútbol, además de batalla incruenta, es juego y debe ser, ante todo, ejemplo edificante, pedagogía, no una burda guerra de patadas, de insultos y demostraciones de mal gusto, tubo de escape de los bajos instintos. Perder puede ser tanto o más honroso que ganar después de la partida, cuando el comportamiento subsiguiente se conduce por la vía de la aceptación caballerosa, y no por la del desplante o la agresión física o verbal. Saber ganar y saber perder.

No obstante, se me ocurre que detrás de la conducta del «señor» Mourinho hay un principal responsable: ese «superhombre» llamado don Florentino, presidente del Real Madrid, por haberle concedido todos los poderes deportivos, poniendo con ello en serio riesgo el prestigio del club más laureado del mundo. En anterior comandancia presidencialista, Florentino echó de casa a don Vicente del Bosque. Es decir, la antítesis de Mourinho, en lo tocante a las buenas formas y exquisito comportamiento dentro y fuera del campo. Lo sustituyó por otro portugués, Carlos Queiroz, que no brilló en cuanto a resultados deportivos, pero sí lo hizo como buen portugués, correcto y educado. Florentino le está ahora metiendo el dedo en el ojo, metafóricamente hablando, a Vicente del Bosque, a través de Mourinho, en lo tocante a la selección española, a la que don Vicente ha aupado al máximo galardón que se puede obtener: el campeonato del mundo. Gracias al «señor» Mourinho, esto es, don Florentino, el rifirrafe entre los jugadores del Madrid y del Barcelona, prácticamente el total de la selección española, está degradando el necesario fraternal entendimiento, imprescindible para la consecución de buenos resultados futuros. No es de extrañar que don Vicente esté cada vez más preocupado y deseando que los enfrentamientos entre ambos clubes sean los menos posibles. Para mí, los intereses nacionales están por encima de los particulares de los clubes, por eso me sale de dentro con rotundidad, pero sin nocturnidad ni alevosía: ¡Váyase, «señor» Mourinho!, guapo, rico y portugués…por ejemplo deportivo que no es!

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