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antonio papell
León

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Diecisiete premios Nobel de Economía, junto a cuatrocientos jóvenes economistas de todo el mundo y a representantes de las instituciones de la UE, se reunieron la semana pasada en la isla de Lindau, en el lago Constanza, al Sur de Alemania, y el sábado en la Universidad de St .Gallen en Suiza, para analizar las causas y las lecciones de la crisis financiera de 2008. En el trasfondo de la reunión está la gran frustración de Alemania ante el fracaso de la comunidad académica, de los economistas de mayor relumbre, frente a la recesión, lo que ha abocado al gran país europeo a una situación de constante zozobra.

La desorientación es total, y la propia clase política alemana lo asume, así como sus medios de comunicación. El ministro de Finanzas alemán, el prestigioso Wolfang Schäuble, se lo echó en cara con inusitada franqueza a los reunidos: «sus ideas están muy bien en la teoría, pero en la práctica no nos ayudan a salir de la crisis». Se hizo un silencio glacial, pero no siquiera este acicate permitió que decantaran recetas concretas: los economistas siguen divididos y desorientados

La irritación pesimista de Schäuble ha sido llamativa, toda vez que es la primera vez que la cúpula dirigente alemana pone en duda la drástica ortodoxia emprendida. El ministro ha reconocido con amargura que la economía mundial puede ver «siete años de vacas flacas» como resultado de los duros programas de consolidación fiscal, y ha llegado a decir que «la economía mundial no podrá sostener siete años más de crisis»; pese a ello «la dirección emprendida no se discute» y para que el sacrificio de dolor a corto plazo proporcione un beneficio a largo plazo, «son esenciales la consolidación fiscal inmediata y las reformas estructurales en Italia, España, Portugal y Grecia». Pero esta vez la opinión oficial sí ha sido discutida: diversos eminentes economistas, con Joseph Stiglitz, Nobel de 2001, a la cabeza, han rechazado el ajuste duro, que tras la crisis del 29 ya resultó tan infructuoso como perturbador: condujo a una larguísima depresión mundial. «Las medidas de austeridad sólo complicarán las cosas», apostilló el Nobel 2007 Eric Maskin, con una notable aceptación entre los congregados.

Finalmente, se ha constatado una vez más que la única certeza que hoy existe en Europa es la más difícil de implementar: es preciso acentuar y acelerar la integración económica mediante el afianzamiento de una gobernanza europea que, además de desarrollar una única política económica, presupuestaria y fiscal, goce de suficiente legitimidad. Es decir, busque y obtenga las apoyaturas democráticas adecuadas. Reformas súbitas y de espaldas a las sociedades europeas no sólo no afirmarán Europa sino que pueden ponerla definitivamente en grave riesgo de supervivencia.

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