LA SEMANA
Tenemos crisis política para rato
Todo el mundo sabe lo que pasa en la economía y también cree saber lo que pasará en la política tras el 20-N. En la espera pocos confían en que, con un Gobierno distinto al actual, la solución esté cantada. Lo cierto es que hay crisis económica y política para rato.
Aunque la crisis financiera sea mundial, en España han sido demasiados años de derroche en proyectos de justificación meramente provinciana. El AVE de Madrid a Barcelona no para ni en Tarragona, ni en Reus, sino a mitad de camino entre ambas ciudades, es decir cerca de la nada. Y todo por enfrentamientos aldeanos. Casi todas las capitales de provincia tienen universidad, de calidad muy discutible, y aeropuerto, aunque algunos reciban uno o dos aviones diarios y otros cero, como el de Castellón o el de Ciudad Real. Y casi todo a crédito. Pedían las administraciones públicas y pedían los bancos y cajas al exterior para prestar dentro, donde a su vez pedían sin mesura los particulares. Hasta que se cortó el grifo del dinero y amagó una inesperada pobreza de nuevo tipo en hogares hasta entonces de supuesta clase media.
«La realidad es que lo que realmente ocurre es que no circula el dinero en la calle y no revelamos la tasa de morosidad real para no generar contagio», admite el director general de una caja de ahorros.
La purga de las cuentas públicas es severa, es incipiente la revuelta de los funcionarios cuyo número se disparó sin mesura y los titulares vienen escalofriantes. La señora Cospedal ha sacado los colores a Bono y Barreda por la hacienda castellanomanchega aunque Bono ha respondido con un dato demoledor: «Todo lo que debe mi Comunidad es menos que la deuda del Canal Nou valenciano». Esa es otra: sabemos que pasa en las autonomías renovadas políticamente pero en Valencia y en Murcia el agujero multiplica los déficits conocidos, según quienes saben lo que se esconde.
Rajoy o Rubalcaba, gobierne quien gobierne, tiene ante sí una tarea inmensa: la obligación de sacar el país adelante, un país que no siempre está dispuesto a dejarse conducir. Y quien esté en la oposición, el deber de entenderse con quien lleve el timón. Con una crisis tan profunda, no podemos permitirnos más legislaturas en las que el desgaste del que gobierna sea el principal objetivo del resto de fuerzas políticas, por más deméritos que exhiba el presidente de turno.
En la historia reciente del control y la lucha por el poder en España ha habido de todo: gobernantes desafortunados, incompetencia, ausencia de solidaridad, falta de responsabilidad y hasta celos personales. Ha sido una viejecita de 89 años, Esperanza Labrador, ejemplo de dignidad en el dolor de una familia destrozada por la dictadura argentina, la que ha venido a decirnos que «es injusta la persecución aquí contra el juez Baltasar Garzón. Los juicios que se hacen en mi país contra los torturadores son gracias a la valentía de Garzón y aquí lo persiguen otros jueces por celos». En la presentación de la novela Esperanza , cuya vida ha inspirado, esta mujer retrató el viernes en Madrid las pequeñas miserias de la envidia profesional como uno de los males de este país. Y no le faltaba razón.
En las nueve semanas que distan del 20-N veremos aún muchas cosas. Rajoy desvela a cuentagotas su proyecto y Rubalcaba improvisa cada día titulares para regar los periódicos, mientras su jefe de filas a menudo le pisa la manguera. La sentencia a Otegui complica el final de ETA. Álvarez Cascos desafía a Rajoy con una candidatura en Madrid. Aznar es nombrado asesor del mayor productor de oro del mundo. Rosa Díez se ofrece como refugio para descontentos. IU busca coaliciones para sobrevivir. Y todo el mundo entiende que la crisis ha determinado que habrá un antes y un después en España. La renovación será muy profunda en la economía y en la política.