EDITORIAL
La nueva era de la Caja
Una nueva aventura comienza para Caja España. La entidad, nacida el 14 de marzo de 1900 como Monte de Piedad y Caja de Ahorros de León en un modesto local de la ciudad con un capital social de 4.814,5 pesetas, dio ayer el paso definitivo para fusionarse a la andaluza Unicaja y convertirse en un banco. Tiempos nuevos, nuevos retos.
El proceso de fusión, empujado por el Banco de España, no ha estado exento de vaivenes. En el horizonte se atisbaban sólo dos caminos: o fusión o intervención. La delicada situación económica de las cajas de ahorro del país no ha sido ajena a la trayectoria de la Caja. Quizá no era el futuro que esperaba Caja España cuando se fusionó con Caja Duero pero ha sido la mejor de las opciones. Por eso, el paso dado ayer abre un futuro esperanzador.
La entidad que se crea con la fusión de Unicaja y Caja España-Duero será el tercer grupo de cajas en España, con unos activos que superan los 80.000 millones de euros, un volumen de negocio próximo a los 122.000 millones de euros, una red de 1.700 oficinas y una plantilla de 9.000 empleados. Su Plan de Negocio muestra la viabilidad y solvencia del proyecto. La unión de ambas cajas se hace además desde una posición de liderazgo en sus respectivos territorios, Andalucía y Castilla y León. El acuerdo es beneficioso para ambas partes y sería deseable que se mantuviera en el futuro. Porque si bien es cierto el indudable peso de Unicaja en el nuevo banco, no lo es menos el gran activo que aporta Caja España-Duero. Si la entidad malagueña pone sobre la balanza su liquidez y su solvencia, la Caja suma su fuerte arraigo social y territorial.
Este es el proyecto más ambicioso de todas las cajas de ahorro de Castilla y León. Y se ha sabido construir. Una operación exitosa con una de las cajas más saneadas del panorama financiero español, la primera entidad financiera de Andalucía, que estaba en las agendas de los directivos del resto de las entidades que aspiraban a una integración.
Frente a lo sucedido con otras cajas de la comunidad, que han quedado diluidas en los procesos de fusión, la Caja mantiene su identidad. Y no debería perderla en los porcentajes que obligatoriamente se establecen con la fusión.
El banco resultante de esta operación deberá mantener el estatus de Caja España-Duero a pesar de su menor peso específico. La Caja ha conservado sus señas de identidad y su raigambre en todos los pueblos de la provincia. Un herencia que no ha dilapidado y que, incluso en las horas más bajas, ha logrado mantener. Su influencia en León, desde la capital hasta el pueblo más pequeño donde tiene una oficina, se ha mantenido a lo largo de su historia. Un ejemplo basta: la costumbre tan leonesa de abrir una cartilla de ahorro el mismo día del nacimiento de cada hijo. O la influencia social de los directores de las oficinas de la Caja en los pueblos de la provincia.
Esa vinculación con la tierra la mantienen tanto Caja España en León como Caja Duero en Salamanca y Soria, sus respectivas áreas de influencia. Harían bien los dirigentes del nuevo banco en contemplar como activo esta peculiaridad de Caja España-Duero y no caer en la tentación de convertir la entidad en una simple sucursal de Unicaja en el banco resultante de la fusión.
De la trascendencia de esta operación financiera da idea la unanimidad casi total con que Caja España-Duero y Unicaja han aprobado cada uno de los pasos de este proceso. El último, ayer mismo en León: 285 de los 296 miembros de la asamblea de la Caja dieron el sí a esta unión. El domingo, Unicaja cerró el mismo contrato sin fisuras, con el apoyo del 96,4 por ciento de los votos. Esta sintonía permite augurar un buen final para esta aventura común que acaban de iniciar ambas entidades. Lo exigen los nuevos tiempos.