FUEGO AMIGO
Muerte de un viajante centenario
La rueda de los centenarios permite volver la vista atrás y ventilar la baraja de los olvidos. Más dudoso es que el retrovisor vaya a servir para que se atienda con su lectura a los escritores evocados. Por intentarlo, que no quede. Este año hemos ido recordando la estancia sayaguesa del peruano Arguedas, heraldo de la utopía arcaica que fascinó al joven Vargas Llosa; a Antonio Tovar, cuya relevancia no necesita glosa: estuvo en Hendaya con Hitler y Franco, fue rector de Salamanca, dio portazo al Régimen y alcanzó el primer Premio Castilla y León de Ciencias Sociales; y al pedagogo Víctor García Hoz, un pionero de nombre ya oxidado. El escritor salmantino Luis Landínez es la figura más fascinante y desconocida del lote.
En realidad se llamaba Luis Benito Landínez y nació en La Fuente de San Esteban hace ahora cien años. Su padre era médico del pueblo y más tarde se trasladó a Sepulcro Hilario, en el profundo poniente salmantino. Una tuberculosis juvenil lo libró de la guerra, pero no de sus efectos. Hizo el bachiller por libre y se licenció en Derecho y Letras para ocuparse en los más dispares oficios: pastor, cobrador de contribuciones, viajante de comercio, librero a domicilio y conspirador. Lo que conocemos como exilio interior de los años cuarenta aparece espoleado por la presencia fugaz y estimulante de Landínez, que aprovechaba sus empleos volantes para alimentar la resistencia. La memoria de Crémer en León, de Ángel González y Lombardero en Oviedo, de Manolo Arce en Santander, de Pablo y Pepe Relieve en Valladolid, dan cuenta de aquel ir y venir siempre por el filo de la temeridad.
Remató los cuarenta con su novela Los hijos de Máximo Judas (1950), finalista del Nadal que ganó Suárez Carreño. Se publicó un año más tarde y la reeditó José Luis de Celis en Alcayuela (1999), con prólogo de Senabre. Un año antes había publicado en Oviedo Aquella hora y otros versos de amor, y en 1952, en Zaragoza, Sobre esta tierra nuestra. Hizo traducciones y antologías para el negocio y anunció Andanzas y desventuras de un vendedor de libros, que no llegó a ver la luz. Alto, bizarro e intrépido, recorría desafiante y seductor una España encogida por el miedo. Responsable de la célula comunista del Ateneo de Barcelona, cayó en 1950 con la red de enlaces a la frontera. Su novela se publicó en Rusia, en Bulgaria, en Rumanía y en China. Viajó por esos países para gastar los derechos de autor y fue profesor en Lille. El 10 de diciembre de 1962 apareció muerto en un tren procedente de Asturias, en la estación de Príncipe Pío. Dejó inédita y acaso perdida para siempre El aprendiz de genio . Los amigos que la leyeron hablan de una novela ambiciosa y audaz, que rompía con los corsés del realismo social.
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