Diario de León
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Puede que no acabe liderando esa relación de noticias del año que los medios suelen realizar socorridamente tras la sequía navideña. Pero debería. La inauguración del Instituto Confucio en León es de esos acontecimientos que cotizan desde el punto de vista de la opinión pública poco más allá de la injustamente devaluada bolsa cultural. Sin embargo, es probable que el instituto acabe convirtiéndose en una gran oportunidad no sólo de intercambio de estudiantes. Lo pronosticó, esta vez creo que con tino, Rodríguez Zapatero, al que León capital debería dar tantas gracias como el Bierzo y más de media España la rabadilla. Yo me quedé hipnotizado sin embargo con esa invocación del presidente a Jorge Luis Borges, quien por lo visto situó en China el Jardín de las sendas que se bifurcan.

De modo que según Borges el Confucio leonés debería convertirse en un parterre florido de ese inmenso jardín chino a partir del cual surjan mil caminos en dirección a todos los puntos de la provincia, como el Bierzo, donde es posible que en estos tiempos de crisis el gigante asiático pueda mutarse en un dragón salvador. Esas veredas, no obstante, deberían empezar a recorrerlas en sentido inverso y pronto los empresarios autóctonos que estos días, arreciando la tempestad, repiten atolondrados, como si fuera un mantra inservible, que el futuro está en el turismo o en la agroindustria.

La puesta en marcha del Instituto Confucio en la capital de la provincia ha de contribuir asimismo a desterrar cuanto antes esa serie desafortunada de arquetipos sobre el pueblo chino que se han convertido en prejuicios a la hora de fomentar una relación que más que nunca nos ha de beneficiar.

Será cuestión de empezar a ir más allá del Ni hao de bienvenida en el que nos hemos quedado la mayoría, para profundizar en ese jardín borgiano que nos describía Zapatero. Aunque antes, tal vez, sea preciso estudiar a Confucio en profundidad para entender aquí y allí algunas de sus máximas prototípicas. A él se le atribuyen frases como por ejemplo: «Algún dinero evita preocupaciones. Mucho las atrae». Pero se ve que tras la muerte de Mao al filósofo no le han hecho ni puñetero caso. Porque dicen que hay más de medio millón de chinos a los que los dólares les revientan la cabeza, creciendo los superricos a un ritmo del 12% anual, y como si na .

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