Diario de León

EL BAILE DEL AHORCADO

Cien años de Residencia

Cristina Fanjul
León

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Hablaremos de esto dentro de cincuenta años». Cuando Alberto Jiménez Fraud pronunció estas palabras no se imaginaba que la experiencia nacida de la Junta de Ampliación de Estudios en la calle el Pinar apenas duraría 26 años. Nada, según el tango de Gardel. Sin embargo, los frutos de la Residencia de Estudiantes siguen hoy en pie, a pesar de la guerra, de la dictadura y del olvido de muchos. El Museo de León inaugura una muestra con la que el año pasado se conmemoró el centenario de la Colina de los Chopos, el lugar en el que confluyó la sabiduría, genialidad y generosidad de personalidades como el propio Jiménez Fraud, José Castillejo, Ramón y Cajal, Ortega y un larguísimo etcétera.

Los hombres de la Institución Libre de Enseñanza supieron aprovechar el esnobismo de la aristocracia para construir una de las patas de su proyecto regeneracionista para España. Para ello instalaron en la Residencia la sede de la Sociedad de Cursos y Conferencias, a los que acudían los integrantes de la upper class del momento a codearse con la intelectualidad mundial. Paul Valéry, Madame Curie, Albert Eintein, Bruce, Howard Carter, Chesterton… El Jardín de las Adelfas se convirtió en un foco cultural de primer orden y allí tuvieron la suerte de alojarse casi medio centenar de universitarios leoneses.

Y es que León se había convertido en una de las capitales institucionistas gracias a la filantropía de un aristócrata del humanismo. La obra redentora de Sierra Pambley es de sobra conocida. A su influencia hay que unir la de otros muchos, como Gumersindo de Azcárate, por ejemplo. Todos ellos fueron los que hicieron posible que León pudiera haber abandonado la cuneta de la historia. No pudo ser. España no era Inglaterra, a pesar de los intentos de la trinidad institucionista. Y los residentes tuvieron que hacer frente a un destino para el que no habían sido preparados. La guerra repitió con ellos la historia de Prometeo y los cuervos sobrevolaron las vidas de la mayoría. Los que no partieron al exilio sufrieron la cárcel o vieron como el nuevo régimen «depuraba» su carrera profesional. En un mundo de irrelevancias, dominado por la vulgaridad llama la atención la voluntadde trabajar por la libertad y la razón. Esperemos que se cumpla el deseo de don Alberto, y que esa brillante promesa se cumpla en el futuro.

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