Diario de León

LA VELETA

No matan pero tienen capuchas

Publicado por
antonio papell
León

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Tres días después de la llamada conferencia de paz —la pista de aterrizaje que la izquierda aberzale había dispuesto para que la banda depositara su desenlace—, un comunicado etarra publicado en las ediciones digitales de Gara y Berria anunciaba ayer el «cese definitivo» de la violencia. En el comunicado, ETA ha expresado su «compromiso claro, firme y definitivo» de «superar la confrontación armada».

Después de más de 50 años de atrocidades, en que la sociedad vasca en particular y la española en general han vivido subyugadas por el terror del terrorismo separatista vasco, la noticia del final de esta tragedia resulta emocionante. España se ha liberado al fin de una especie de bíblica maldición que enturbió el gozo de la conquista de la democracia que tan trabajosamente realizamos entre todos, con la enemiga de los violentos que formaron pinza con los rescoldos del franquismo que aún querían impedir aquella resurrección. Estamos, pues, ante un acontecimiento histórico, que sin embargo no debe desatinar a este país ni hacernos perder a los demócratas la perspectiva necesaria para ubicar este momento.

Aunque lo sucedido estaba anunciado, es difícil abarcar en un instante la trascendencia de lo acontecido, cuyo contexto es revelador y necesita ser desgranado. En el comunicado, tres encapuchados han anunciado el «cese definitivo» de la violencia pero no la desaparición de la banda; quiere decirse que estos siniestros personajes, un compendio de detestables anacronismos, seguirán emboscados bajo la superficie de la sociedad y de la política. No abandonan sus capuchas ni siquiera simbólicamente, ni se desprenden de sus arsenales, por lo que la única garantía de que no seguirán matando es su propia palabra, bien poco valiosa por cierto. Así las cosas, habrá que preguntarse si esto es realmente el final de una lucha del Estado contra ETA en la que aquél consiguió poner a los delincuentes contra las cuerdas hasta forzarles a su anulación, ya que no —todavía— a su rendición.

En segundo lugar, los encapuchados reclaman diálogo para resolver las «consecuencias del conflicto». Se preocupan, lógicamente, por sus propios activistas pero no hay en esta despedida ni una sola palabra para las víctimas.

Resulta gravísimo que ETA pretenda escenificar un desenlace en que parezca que el mediador bueno y generoso que ha logrado la paz es la izquierda aberzale. Cuando es notorio que la antigua Batasuna dio cobertura política y material a la banda, hasta convertirse en cómplice de todo el terror desparramado en esta larga historia. En definitiva, el fin de ETA tiene de momento un sabor cuando menos agridulce. Y este viejo asunto no podrá darse por cerrado hasta que la derrota de los terroristas se haga del todo explícita y la banda dé pruebas fehacientes de su desarme y desaparición.

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