LA SEMANA
ETA baja la persiana pero no cierra
Pocas días se recuerdan tan intensos informativamente como el jueves pasado: el fin de la violencia de ETA, la muerte de Gadafi y la destitución del presidente de Sacyr. Noticia nacional anhelada desde décadas, noticia internacional prevista de hacía semanas y noticia económica impensable solo horas antes. Las audiencias de televisión y radio, más la venta de los periódicos, subrayan la importancia de esos acontecimientos.
No hay periodista español que a la pregunta de ¿qué noticia le haría más ilusión comunicar? no haya respondido alguna vez, o casi todas, que el fin del terrorismo. Y esa información se pudo transmitió desde el jueves por la noche con intensidades diversas: algunos no la valoraron suficientemente en el primer momento y tuvieron que comprender su alcance al ver las portadas y los telediarios ajenos. Otros solo lo aceptaron al escuchar a Zapatero y a Rajoy describiendo la trascendencia de lo que estaba sucediendo. La lista de periodistas que rompieron a llorar ante ese anuncio es larga y no solo integradas por vascos. Algunos viven lejos de su ciudad natal por amenazas, o incluso por atentados fallidos. Otros guardaban la indignación de tantos funerales a los que asistieron y, al igual que el resto de ciudadanos, se conmovieron al contar las historias de vidas segadas y familias destrozadas. El esfuerzo de los cuerpos policiales merece un sincero reconocimiento.
Todavía, tres días después, impacta escuchar la templanza de políticos como Patxi López o Antonio Basagoiti que son más jóvenes que ETA. Quizás ha sido este último el que ha retratado mejor en una frase lo que puede estar sucediendo: «Eta ha bajado la persiana pero aún no ha cerrado el negocio». Estará echando cuentas de los muebles que pudo salvar y por eso, según algunas informaciones, vende armas en el mercado negro porque ya no las va a utilizar. Perdió clamorosamente la batalla policial; sucumbió en la judicial y fue abandonada por quienes apoyaban su actividad hasta hace muy poco. Desarticulados los comandos, aunque siempre quede alguno dispuesto a matar por su cuenta, ETA es hoy básicamente una organización de presidiarios: mas de setecientos en la cárcel frente a menos de cincuenta en la clandestinidad. Descabezada su dirección cada vez que logra reorganizarse, comprende que no hay más futuro que intentar volver a casa del mejor modo posible. Zapatero y Rajoy hablaron de grandeza pero antes que ellos —ha recordado Zarzalejos— se escribió esa posibilidad de considerar medidas excepcionales en el Pacto de Ajuria Enea, suscrito por todos los partidos cuando Ardanza era lendakari y Ramón Jáuregui su vicelendakari.
A cada uno nos marcó especialmente un episodio de ETA, aunque todos nos conmovimos con el Miguel Angel Blanco, Tomás y Valiente, o los niños del cuartel de la Guardia Civil en Zaragoza o Vic y con tantos otros. A mí me vino a la mente el del profesor y político Ernest Lluch, asesinado en Barcelona. Minucioso investigador, tuvo la osadía de publicar en el Diario Vasco de Guipúzcoa que ETA no empezó a matar en 1968, como se cree, al guardia civil de tráfico Pardines, o después al comisario Melitón Manzanas. Su primera víctima fue un bebé de meses al explotar una bomba en la estación donostiarra de Amaya el 18 de Julio de 1961. Aquella muerte la tapó, por razones distintas, tanto la joven ETA como el régimen de Franco, pero la descubrió Lluch que puso por testigo al sacerdote que ofició el funeral. Seguramente lo mataron por eso. Llevaban por tanto casi medio siglo matando y arruinando la paz de todos.
Ahora, ya con la persiana bajada, solo queda pagar las deudas, pedir clemencia e ir al notario para liquidar. La única alternativa posible es convertirse en otro Grapo residual. La gran batalla democrática contra el terrorismo por fin ha terminado.