Diario de León
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ERNESTO ESCAPA
León

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Hoy se cumplen las bodas de plata de la dimisión de Demetrio Madrid, primer presidente de Castilla y León. Aquel gesto coincidió en el tiempo con la postura bien distinta de Pujol, que también procesado siguió en el machito del poder hasta que escampó. Del nombre de Demetrio echaron mano después los gobernantes en apuros de corrupción para decir que las prisas no son las mejores consejeras y aguantar el tirón. Ahora el aniversario se embarra con el feo asunto de la prejubilación del ex alcalde leonés Francisco Fernández, sometido al reproche de la opinión pública tanto en su legitimidad como por la desmesura del dinero embolsado. Fernández trató de mitigar el creciente enfado de la gente con el compromiso de renuncia a hipotéticos haberes parlamentarios, en vez de devolver las percepciones de su actual dedicación municipal. Después del papelón, ha acabado por llevárselo la corriente.

Pero no conviene olvidar tan rápido. Demetrio Madrid fue presidente de Castilla y León por un fallo de cálculo de los barones provinciales socialistas, que abandonaron el barco autonómico un par de meses antes de las primeras elecciones, convencidos del batacazo y para que otro se comiera ese marrón. Como el resultado fue mejor de lo previsto, enseguida empezó el acecho. Ya en diciembre de 1983, coincidiendo con las primeras noticias del asunto Pekus, se insertó en la prensa un manifiesto en el que nombres ilustres y afines de la cultura y de la política reclamaban un cambio urgente en la presidencia de la Junta, con el argumento de la incompetencia de Madrid para el cargo y el agravante de su fragilidad a causa de los problemas de la empresa familiar. El año 1984 no pudo resultar más accidentado: se estrenó con el congreso extraordinario socialista de los días 28 y 29 de enero en Burgos y el desafío público de Nalda; prosiguió con el plante y encierro de los delegados de Cultura y la remodelación de gobierno de septiembre, que supuso el refuerzo de Nalda; y se remató con la comisión parlamentaria de investigación sobre las actividades del Estival 84, la agresión al vicepresidente Jaime González en León y la huelga de hambre del alcalde Juan Morano. En el 85 se produjo su desalojo de la secretaría regional del partido, en beneficio de Laborda. Y el 29 de octubre de 1986 presentó la dimisión como respuesta al anuncio de su procesamiento por parte de la Audiencia. El ministro de Justicia era diputado por Valladolid y el juez instructor fue ascendido al Supremo. En aquel momento, las encuestas daban un respaldo mayoritario a su acción de gobierno. Cuatro años más tarde fue absuelto. Al cabo de un cuarto de siglo, la elocuencia de su gesto es tan potente que quebró las tretas de Fernández para seguir en escena.

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