Diario de León
Publicado por
josé a. balboa
León

Creado:

Actualizado:

Hace dos siglos, por razones higiénicas y de salubridad pública, las autoridades españolas legislaban (Real Cédula de 1787) que los cementerios fueran retirados extramuros de los núcleos de población. Con parsimonia, como se infiere de las numerosas órdenes y decretos que reiteran aquella disposición, comenzaron a construirse, impulsados muchas veces por las epidemias que vivió nuestro país en el XIX (fiebre amarilla, tifoidea, cólera morbo, etc.). Aunque sin uniformidad, la mayoría de los camposantos, donde se inhuman los cadáveres, se cercan con muros y frecuentemente se ordenan en calles, con tumbas y nichos que, en su pobreza u ostentación no exenta de valores estéticos, revelan y reproducen las diferencias sociales de los finados y sus familias (la muerte todo lo igual pero no las tumbas). Los cipreses (el tradicional árbol de los muertos) y las plantas aromáticas transforman esos recintos funerarios en un jardín melancólico.

En las últimas décadas, nuevas prácticas funerarias, como la incineración, amenazan la existencia de los cementerios; la desacralización de los mismos y las corrientes laicistas provocan una falta de interés por su suerte frente al que suscitaron en otras épocas. Este año no ha sido así a tenor de los que hemos visto estos primeros días de noviembre en los que la Iglesia celebra la festividad de Todos los Santos y el día de difuntos, pues los cementerios españoles estaban a rebosar de flores y de gente. La crisis, probablemente, refuerza las creencias religiosas y los lazos familiares, y ya se sabe que éstos se anudan sobre el culto a los muertos, a los manes y penates de los antiguos. Las comidas sobre las tumbas, que concilios (como el IIº de Braga, año 572) y sínodos (como el del obispo astorgano Pedro de Acuña, de 1553) prohibieron, no eran sino ritos para reforzar la solidaridad familiar.

Ahora no comemos en las tumbas de las necrópolis (ciudad de los muertos), aunque hacemos magostos, nos reunimos para rezar sobre las sepulturas de los cementerios (dormitorios), con nuestros familiares, a muchos de los cuales solos los vemos en esta ocasión. El renovado interés por la familia y las prácticas funerarias del día de difuntos, ahora que empieza la campaña electoral, me recuerda que es lo que le faltaba a Rodríguez Zapatero para ver su obra puesta, también en esto, en entredicho: ¡Es un jardín melancólico!. Los artistas de la ceja, ateos y anticlericales, abandonan el barco socialista por el de Izquierda Unida, un muerto viviente o zombi, como ellos; los nuevos artistas e intelectuales que apoyan a Rubalcaba lo hacen con un Ojalá (es decir, wa sa llah, que significa «y quiera Dios»). Les traiciona el subconsciente —rezan a Alá—, a saber porqué; son como sepulcros blanqueados.

tracking