Diario de León

LA 5ª ESQUINA

Entre el deber y el estar debido

Publicado por
JESÚS Á. COUREL
León

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La muerte de Julio César supone para sus asesinos, en concreto para Bruto, un laberinto existencial que se debate entre el deber y el estar debido, algo que en política suele ser de difícil elección. Para Casio, uno de sus asesinos, la época en la que vivían bajo el yugo de César era un tiempo de vergüenza porque —como añadía Bruto—, César había olvidado sus orígenes una vez que alcanzó los peldaños más altos, pues ahora sólo miraba las nubes, despreciando los bajos escalones desde los que ascendió. Los hombres nacemos con inclinaciones variadas pero, entre el deber y el estar debido, entre el yo y el los demás, hay que escoger con cabeza, pues no tendremos buen gobierno ni desarrollo productivo. Para Mariano Cubí, el frenólogo del que les hablé la semana pasada, el alma manifiesta sus cualidades intelectuales por la medida de la frente. Para este médico catalán, solo con mirar la cabeza de un político se sabe lo que puede esperarse de él. Decía que los países cuyos gobernantes no tengan cabeza grande están condenados a la ruina y si la región superior de su cabeza es muy alta y abultada, tendrán virtud y entereza. Por el contrario, las personas corruptibles tienen una cabeza en la que las regiones basilar y lateral son mayores que la coronal. El que tenga dudas el domingo que coja la cinta métrica...

A Cubí le dio réplica el etnógrafo vasco Telesforo de Aranzadi, para el que la antropometría no podía «dar patentes de talento y de buen corazón, ni cartilla de criminal o adocenado a individuos, pueblos y razas». Aranzadi se puso a medir con frenesí cabezas, brazos, piernas y troncos a vascos, cacereños, campurrianos y maragatos, para sentenciar que los dolicocéfalos son inquietos y aventureros y los braquicéfalos sedentarios, pacientes y perseverantes. Con el análisis de sus prolijos estudios calculó hasta el índice de vitalidad de un individuo, obtenido al dividir por la estatura, el cerco del pecho multiplicado por cien. También averiguó que en los maragatos eran comunes narices arremangadas, ojos castaño oscuro y la cabeza igual de ancha que pieles rojas y rusos de Siberia. No le pusieron calle en Astorga.

La obra de Shakespeare, Julio César , comienza en febrero cuando se celebra la fiesta de los Lupercales, en la que muchachos jóvenes golpean a la gente con tiras de pieles de animales, pues sus azotes daban buen parto a las mujeres y hacían fértiles a las estériles. Nos vendría bien alguno de esos zurriagazos, tras las elecciones generales, para recibir en nuestras carnes algo de los tiempos fecundos que nos auguran en estos días… Había que hacer algo.

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