Diario de León
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VICTORIA LAFORA
León

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El Tribunal Supremo ha corregido, en un tono altamente crítico, a la Audiencia Provincial de Guipúzcoa que condenó a cuatro guardias civiles por torturar a los etarras que cometieron el atentado de la T-4. Al margen de desmontar por «débil y poco rigurosa» la principal prueba incriminatoria, el alto tribunal recuerda que una Audiencia no puede actuar siempre en contra del reo, ignorando la presunción de inocencia, y por tanto decreta la absolución de los guardias condenados a cuatro años y medio y dos años y medio de prisión. A tres días de la cita en las urnas, una sentencia como esta confirma, a su vez, la falta de veracidad de todas las acusaciones vertidas contra el Gobierno y la judicatura de «apaños» para lograr el fin de la violencia. Como es lógico a quien menos ha gustado la revocación de la condena ha sido a la izquierda aberzale que vende a sus posibles votantes, otra vez, la imagen de un Estado opresor y torturador de etarras.

Sin embargo, el Ministerio del Interior ha mostrado su satisfacción por lo que supone de respaldo a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad en su lucha contra el terrorismo. Porque, aunque parezca una obviedad, conviene que los demócratas no olviden que han sido precisamente la policía y la Guardia Civil los que han derrotado a ETA.

Una cosa es que la banda haya decidido abandonar la violencia y otra que los jueces dejen de actuar en las causas pendientes o acepten sin más sus acusaciones de torturas. Si como afirmaron en su última comparecencia en Gara tienen una agenda tasada donde se contempla la entrega de armas a cambio de presos, el Estado tiene también su agenda marcada por la Ley y con más razón no se va a saltar ningún paso, por mucho mensaje de victimismo de Amaiur.

La sentencia es, además, minuciosa y pedagógica. Recuerda como fue el jefe del comando Elurra, del que formaban parte los terroristas Portu y Sarasola, uno de los autores del documento Hacer frente a la detención en el que se les ordenaba que «gritar como si os mataran y forcejear lo que podáis que luego ya sacaremos testigos para hacer creíble lo que contéis». Y así lo hicieron y encontraron los testigos. El problema, a juicio del Supremo, es que eran todos de la misma cuerda.

Repasando el juicio y recordando el dolor de las familias de los dos jóvenes ecuatorianos aplastados bajo los escombros del aparcamiento del aeropuerto, vuelve a surgir la pregunta ¿de qué se reían los etarras ante el tribunal?

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