León

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Creímos que el dinero era una abstracción, y resulta que es de carne y hueso. A la sociedad del bienestar se la ha puesto a dieta forzosa, cuando estaba acostumbrada a zampar calorías. De repente, hemos pasado de cavilar acerca de las excelencias de los mundos virtuales, a chocarnos de bruces con la realidad de una crisis. Hubo alcaldes que creían que los números rojos eran los que bailaban sobre el escenario los coros y danzas rusos. Ahora, hay alcaldes que cuando no pueden dormir cuentan facturas que se balanceaban sobre la tela de una araña, y como veían que no eran cobradas fueron a llamar a otra factura. En la provincia, ya hay pocos corregidores que puedan dormir de un tirón, sea por preocupación, indignación o porque su pareja ronca. Admitámoslo, a cualquier presupuesto se le puede disparar una cifra, un cero a la derecha, unos miles de eurines, pero hay casos en los que más que disparos fue tiroteo. A cualquier municipio se le puede sobredimensionar un poco su plantilla, pero es que hay algunos con más personal que una escena de masas en una película de Cecil B. DeMille.

Y sin embargo, el dinero nunca podrá ser la única manera de interpretar la realidad, por obvia que sea la frontera entre tener y no tener. Urge crear una economía humanista, que ponga al ser humano en el centro. Si el dinero no es una abstracción, tampoco el ciudadano lo es. Ahora lo escribimos en serio: los problemas de los ciudadanos deben quitar el sueño a los políticos. No hay insomnio más honorable.

Todos los columnistas tenemos fijaciones que repetimos, una de las mías es definir la política como «gestión y gesto», o sea, no sólo como una correcta administración de los fondos públicos, sino como plasmación de valores, más allá de la exigible honradez, y de lo ideológico. No se puede ser buen político y mala persona. Y sí, no hay dinero suficiente. Algunos creyeron que era pura abstracción, y resultó ser muy tangible, poderoso caballero de carne y hueso. O no tan caballeroso. Saldremos de ésta, como salieron nuestros mayores de sus reveses. Y lo haremos no por arte de magia, sino con tesón y solidaridad. Con más hueso que carne. Pero también la olla de don Quijote tenía «algo más vaca que carnero».

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