LA 5.ª ESQUINA
La elección de las prioridades
En los próximos meses se hablará mucho de economía, cada uno en su casa y Merkel en la de todos. Lo de la prima de riesgo atraganta las comidas, mientras las abuelas como en aquella inolvidable Eraserhead , primera película de David Linch—, le dicen a Matías Prats que «cuanto más primo más me arrimo». En algunos bares, además del Marca, los parroquianos piden al camarero las obras completas de Thomas J. Sargent, último premio Nobel de Economía (compartido con Christopher A. Sims) investigador de causas y efectos en macroeconomía, pero desde la teoría de las «expectativas racionales». O sea, que no sólo hay que emplear la racionalidad en esta crisis, sino también aprender de los errores. Consuela saber que este economista augura que debemos trabajar las predicciones, pues aunque éstas sean erróneas —como las de la pitonisa Lola—, «los errores no serán sistemáticos sino aleatorios». En la cola del paro le han puesto dos velas negras.
Otro economista prestigioso, John Kenneth Galbraith, decía hace años que más que inversión de capitales, habría que empezar por la inversión en educación. El consumo masivo —promovido artificialmente por la publicidad—, crea un desmesurado crecimiento cuya manifestación más cruel son las desigualdades internas y la inflación. Muchas teorías económicas parecen equivocarse, a la luz de los resultados, en la elección de las prioridades. Si el hombre sobrevive gracias a sus utensilios (desde que inventó la rueda) y la sociedad evoluciona con los artefactos mecánicos, el conocimiento de la técnica debía ser propiedad de los seres humanos en su conjunto; fragmentar el conocimiento supone el ostracismo para los que no tienen la patente de la rueda. En Principios de economía política (1848), John Stuart Mill sostenía que la maquinaria debía abaratar las mercancías y reducir la parte de la jornada laboral que el obrero necesitaba para sí. No se imaginaba el filósofo inglés que la reducción sería tal que los trabajadores quedarían hoy en jornada de inactividad permanente o explotados como en la época de la revolución industrial. Y es que, como pronosticaba Wordsworth, la gente que sobreviva a la tiranía de la técnica, al final, «quedan convertidos en máquinas».
En la Antífona de Sófocles, el coro lírico en el funeral de Polinice es un homenaje a la supremacía de la humanidad sobre los antiguos dioses; un triunfo de la inteligencia como la que aplica Prada «a tope», que cree firmemente en la tierra como solución a los problemas. Vivir pegados a ella y no a realidades virtuales que ni están en almíbar, ni en vino tinto... Había que hacer algo.