TRIBUNA
El tecnócrata que te destecnocratice
El tecnócrata que te destecnocratice buen... etcétera. Lo mismo podemos decir del político que te despolitice… Porque la polémica de quién es mejor gestor si el político o el técnico está presente en las discusiones en los foros sociales. Si la discusión se centra en decidir sobre la organización de la sociedad, deberíamos de elegir entre quien ejerce el poder si la tecnocracia o la politicocracia. Es decir, si deben de mandar —organizar— los técnicos o los políticos. Para mandar estos se organiza la sociedad en lo que se llama democracia, o el poder del pueblo, que como masa que es, ofrece o transfiere el poder a las ideas políticas y éstas se transforman en decisiones organizativas de acuerdo con sus postulados ideológicos.
Se sabe que la palabra democracia se deriva el griego pueblo y poder, pero dado que el pueblo en masa nos llevaría a la oclocracia o gobierno de la plebe, se ha dado en organizarse en ideas. Éstas las llevan a cabo los políticos que, por tanto, ejercen el poder; no es un poder personal sino delegado y que, por ello, deben de responder con actuaciones acordes con un sistema que aborde la solución de los problemas sociales.
Pero dada la similitud organicista que se ofrece en todos los casos, se necesitan de gerentes que conozcan los problemas de la sociedad. Se asemejaría el político al técnico. No obstante, como los ideólogos no pueden compaginar su saber con la técnica aparecen los técnicos que, al ejercer un determinado poder, lo organizan en lo que se ha dado en llamar tecnocracia.
Dado que al socaire del denominado pueblo todos quieren representarle —y hasta las ideas se refugian en lo que llaman Casa del Pueblo y que identifican pueblo con izquierda— se han de recordar las palabras de Unamuno referentes a la democracia: «…una soberanía de las muchedumbres y de las muchedumbres analfabetas… esto es la analfabetocracia». Y para evitar ello, se acudió en la primera década del siglo pasado a los técnicos que, en la organización de las instituciones se convirtieron en funcionarios —altos funcionarios, diríamos, a diferencia de loa antiguos moradores de las covachuelas burocráticas—.
Por lo tanto los funcionarios deberían de velar por la eficacia técnica de la organización al servicio de la sociedad, no al servicio del poder político.
Porque no hay peor organizador que un político de una sola idea —como hay que temer al lector de un solo libro— y que se olvide de quien sabe cómo se organizan las cuestiones que afectan a los ciudadanos.
Pero resulta que el político —cuya misión no debe ser perenne ni convertirse en una profesión— es desconocedor de las normas técnicas y, si acaso maneja perfectamente la técnica de la oratoria de los mítines, se rodea de una pléyade de asesores, que no técnicos, y cuya corte se encarga de des-organizar las des-ordenes de su jefe.
No desean técnicos que, en casi todas las ocasiones desaconsejan las decisiones de los políticos porque, dicen, se echarían en manos de la tecnocracia.
Para des-arreglar el asunto aparece otro poder: el sindicato que, nacidos a finales del XIX y desarrollándose sobre reivindicaciones al socaire de la revolución industrial, pretendían llegar a lo que Eugenio D’ors llamó civilización sindicalista y que ahora, en este desajuste democrático quieren ejercer un poder trasnochado y anclado en la anacrónica lucha de clases (véanse los estatutos de los sindicatos) y alejados de las nuevas técnicas del trabajo y de las relaciones sociales.
Es cierto que la tecnocracia es impersonal y economicista; y también es cierto que solo se dedica a instaurar y organizar lo material, ignorando el valor de la personas, pero también es cierto que, en el mundo moderno sea cual fuere la ideología, no es posible el progreso sin la técnica.
Llegado a este punto hemos de elegir entre el poder técnico, el poder político, el poder sindical o el poder del pueblo. ¿Será posible una simbiosis entre todos? ¿En qué lugar queda el intelectual? Salvando las distancias y el tiempo en que se dijeron estas palabras, así se refería Benavente sobre los intelectuales: «Y he aquí lo que debería ser la política de los intelectuales: libertarnos de esta esclavitud por el desprecio de tanto lujo innecesario que hemos llegado a creer de imprescindible en nuestra vida». Y es así como el intelectual debe de convertirse en engarce entre la ideología y el pueblo o, como dije en otra ocasión (Cuadernos de Alzate, 1987) «al intelectual se le asigna la doble misión de enlace entre el pueblo y el político»-
Ya no sería necesario el asesoramiento de familiares, amigos, compañeros que aconsejasen (¿pero de qué saben?) a los políticos, ni tener miedo a la tecnocracia, sino que el sabedor —pero no explicador— de las necesidades del pueblo, se las haga llegar al dirigente político y, si sabe, las asimile, para ejercerlas como un poder que no le es conferido en pleno ejercicio, sino representante y administrador de los intereses de la sociedad.
Sería bueno que el político leyera un librito —antiguo (1908) pero actual— de Azorín sobre las condiciones del político, del cual decía que «sepa distinguir el político los valores nacientes, positivos, en el revuelto y confuso fermentar y germinar de las gentes nuevas». Asegurarse de que la armonía sea la consigna que impere entre la ideología y el intelectual, con un servidor eficaz que es el técnico alejado de los vaivenes personalistas del político de turno.