Diario de León
Publicado por
andrés mures quintana
León

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Tengo grabada en la retina la aparición de Mariano Rajoy en el balcón de Génova la noche electoral del 9 de marzo del 2008. Las urnas habían dado la victoria a los socialistas, que se habían alzado con el 43,87% de los sufragios, que representaban 169 escaños en el Congreso frente a 154 (el 39.94 %) obtenidos por el PP. La prensa del día siguiente reflejaba la imagen de un Mariano con la vista perdida en el infinito abrazado a su mujer Elvira. Ella aparecía con gesto compungido pero cargado de inmenso afecto hacia su marido. Era el retrato de dos perdedores resignados pero no abatidos. A partir de ese momento comenzó la cacería contra Mariano dentro de sus propias filas. El Congreso de Valencia dejó las cosas a medias con el quiero y no puedo de Esperanza. Más tarde, el Gürtel y las trapisondas de Camps y otros prebostes de Levante (los Fabra, los Costa, los de Alicante, los zaplanistas etc. ) siguieron poniendo las cosas realmente duras a este gallego impasible. Entre Javier Arenas, Núñez Feijóo, Juan Vicente Herrera, Alicia S. Camacho, Pío Escudero y alguno más en la sombra, se consiguió que las aguas fueran poco a poco serenándose. En el Congreso, Soraya de Santamaría fue cogiéndole el pulso a Rubalcaba. Dolores de Cospedal afianzó su mensaje y su poder desbaratando el feudo del imbatible Pepe Bono. Lo de Bárcenas fue un golpe fuerte y Mariano (como hace casi siempre) tardó en reaccionar. El tesorero dimitió, pero el mal ya estaba hecho. Otra vez, el presidente del PP había estado corto de mano y de zancada, si bien su poder estaba más afianzado que hacía dos años.

La locura de Zapatero alcanzó cotas inverosímiles a partir del verano del 2010. La crisis azotaba ferozmente a España y se imponía un enérgico golpe de timón a un quehacer político que hacía aguas por doquier. Finalizada la pasada primavera, la crisis generalizada y un índice de paro desbocado imponían con buen criterio un adelanto electoral, ya que el tiempo que nos concedían los mercados y Europa (Merkel and Sarkozy) se acababa indefectiblemente. El círculo más cercano a Zapatero, liderado por Rubalcaba, le obliga, más que le decide, a la convocatoria electoral para el 20-N. La mayoría de los analistas políticos habían abogado porque las generales, a la vista del cariz que tomaban los acontecimientos económicos dentro y fuera de España, se adelantaran a septiembre, al objeto de que el nuevo gobierno surgido de las urnas (el del PP según la totalidad de las encuestas realizadas hasta ese momento) enderezase una situación que se estaba volviendo día a día insostenible.

Esta noche de noviembre del 2011 me recuerda aquella otra de hace cuatro años, pero con una salvedad importante: los protagonistas son los mismos, pero su cara es otra completamente diferente adornada por la aureola de un triunfo sin precedentes. La paciencia de Mariano ha sido colmada en positivo y su partido, bajo su mandato y dirección, ha llegado a lo más alto batiendo el récord que Aznar había conquistado en las Generales del año 2000. Esta noche Viri, siempre discreta, tímida, sencilla, miró a hurtadillas a su marido con el mismo afecto de hace cuatro años, pero se adivinaba una chispa de emoción en sus ojos y una nada disimulada admiración.

Hay que convenir que la celebración de los populares ha sido discreta y elegante. Rajoy es un señor de escasos aspavientos y moderados ademanes. Su discurso de la noche ganadora fue elocuente, firme y adaptado a una realidad compleja y difícil. Él sabe mejor que nadie que hay que darse prisa porque el Ibex, Merkel, los tiburones financieros, Wall Sreet, las bolsas de Frankfurt o Londres, no esperan ni tienen piedad. El futuro presidente tiene los mejores asesores económicos en sus filas. Además, ilustres profesores sin filiación política definida, a buen seguro se pondrán incuestionablemente a su servicio a fin de encarar una situación extraordinariamente difícil, pero nada de ese caudal conjunto de conocimientos será válido sin una decisión política rápida, firme, decidida y valiente. Montí en Italia y Papademos en Grecia son tecnócratas de primera línea, pero están faltos de empuje político y el devenir de un país está marcado por un liderazgo de índole política, no por academicismos mejor o peor aplicados. España es un país que ha estado de fiesta perenne durante más de una década, y desde hace casi dos (veinte años) no es plenamente consciente de lo que somos y lo que representamos exactamente a nivel mundial. En los momentos álgidos nos han colocado dentro de las primeras potencias industriales, pero tenemos los pies tremendamente delicados y frágiles. Hace pocos días, la presidenta de Madrid, Esperanza Aguirre, decía con rotundidad que la fiesta se había acabado. Efectivamente llevamos demasiado tiempo sin concienciarnos de que nuestro tiempo tocaba a su fin. Rajoy tiene por delante una labor en la que los días se le quedarán cortos. España es un país con enormes problemas de todo tipo que se ha ido empobreciendo a velocidad supersónica, lo que demuestra que nuestras estructuras básicas eran demasiado endebles. Se impone un cambio de operatividad, de método de trabajo, pero sobre todo hemos de ser conscientes de que los que tenemos que cambiar de modo fundamental somos nosotros, y eso, en un pueblo anclado en costumbres de palmas y tango, acomodo y verbena, trinque, golfería y mandanga sin límites, no es tarea que se improvise de hoy para mañana. Rajoy es un hombre serio y prudente, austero de costumbres y poco proclive al folklore que ilustra a buena parte de nuestra clase política. Ha de ponerse desde hoy esas pilas atómicas que da la impresión de que las tiene a media carga y enfrentarse a la reforma laboral, al déficit preocupante de las cuentas públicas y de la Seguridad Social, al paro galopante, a una Justicia venida a niveles de bajura escandalosos, a controlar a los nacionalismos desenfrenados, y aquí tiene una tarea casi apocalíptica, a la vista de los resultados. El pacto fiscal, la reforma de las autonomías (así es imposible seguir), la refinanciación de la sanidad, la reforma a fondo de la Educación, de las Administraciones Públicas, del Servicio Exterior, son cuestiones perentorias.

La responsabilidad de Rajoy no es única. Su partido con casi once millones de votos y 186 sillas en el Congreso ha de ser garantía compartida de que las cosas se van a empezar a hacer bien de una vez. El socialismo de la mano irresponsable de Zapatero ha sumido a nuestro país en un valle de lágrimas y pobreza con pendientes pronunciadas difíciles de remontar. Pero España, ya lo dijo el presidente ganador, es un país fuerte capaz de epopeyas, y eso sí lo hemos demostrado en el pasado. Tenemos, ahora más que nunca, necesidad imperiosa de confiar en nosotros mismos, de darnos ánimo y fuerzas necesarios para salir de la oscuridad y hacer que esa confianza mutua entre nosotros sea compartida por los de fuera con hechos constatados.

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