Diario de León

LA 5.ª ESQUINA

La culpa es de la tristeza

Publicado por
JESÚS Á. COUREL
León

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El café de cada mañana tiene un cierto sabor a oxicombustión, a alboroto de progreso y a aroma de técnica que todo lo llena. Hasta las cafeteras de los nuevos bares (ahora talleres o espacios cool) parecen sacadas de la nave Entreprise, muy lejos de aquellos cafés de pucheros pasados por la manga que hacían las abuelas. Los informativos anuncian que el hombre progresa, pero difícilmente alguien logra discernir hacia donde. No es que las noticias sean confusas (que también), o que el ruido del bar no te deje ni oír ni pensar, es que ignoramos cada vez más cosas. Los economistas actuales dicen que los mercados dependen de sutiles influencias cuya base son las emociones humanas. Añaden que las burbujas son predecibles porque son fruto del entusiasmo emocional, donde influyen cuestiones como la envidia que tenemos al vecino. ¡Quién lo hubiera pensado! Para los expertos, la tristeza ejerce una influencia extraordinaria en las decisiones financieras. En experimentos realizados en universidades norteamericanas han comprobado que el valor de las cosas aumenta cuando estamos tristes; que pagamos más por las cosas cuando nuestro estado de ánimo está por los suelos. Ese entusiasmo emocional hacia el dinero, ubicado en una zona concreta del cerebro, el es el causante de las burbujas cuyas consecuencias son las crisis económicas que padecemos.

En uno de esos documentales de La 2, donde se abordaba la situación económica actual, se ponían como ejemplo dos crisis anteriores a la nuestra: la de 1630 en Holanda, conocida por la burbuja de los tulipanes y la de 1929, más conocida por cercana en el tiempo, pero ambas con el mismo sesgo emocional. La referencia común parte del deseo de poseer algo cuyo valor aumenta hasta tal punto que, en el caso de los tulipanes, la gran mayoría de los holandeses de esa época obtenía con ellos la mitad de sus ingresos. En tres años el precio creció tanto que por un bulbo de tulipán, llegó a pagarse tanto como por una vivienda. Pero un día, alguien, decidió no comprar tulipanes.

Entró el pánico y sobrevino la gran caída. En 1929 sucedió algo parecido, dejando como resultado un 25% de desempleo y una década terrible que acabó en una guerra mundial. Los sistemas políticos actuales establecen como epicentro de sus programas los avances tecnológicos o científicos y olvidan al ser humano y su componente emocional. Y así nos va. Dice el sociólogo francés Edgar Morin que hemos avanzado tanto en desarrollo industrial, que los individuos «nos hallamos moral e intelectualmente atrasados» y, además, con la alegría perdiendo enteros… Había que hacer algo.

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