TRIBUNA
Suspenso en expresión oral
Cuando se empezó una de las tantas reformas que ha habido de la enseñanza, allá por los años 80, se dijo bastante alto y claro que había que insistir en afianzar la enseñanza/aprendizaje de la lengua oral. Hasta entonces había sido descuidada su practica. Y era verdad. Yo me lo tome en serio, muy en serio. Y he de decir que me reportó grandes satisfacciones, quizá más que en el progreso de la lengua escrita. Iniciaba el recorrido desde los primeros cursos, desde el equivalente a tercero de la ESO, y al llegar a Bachillerato puedo decir que la mayoría de los alumnos eran capaces de salir y, con la ayuda de un guión, estar casi media hora hablando. El progreso era notable. Cierto que hay alumnos que se niegan a todo y que les cuesta Dios y ayuda enfrentarse a cualquier reto, pero son los menos. La mayoría sigue fielmente los trazados y el avance es más que sensible. Y así estuve trabajando esta materia bastante tiempo, hasta que otros cambios de estudio diluyeron esta práctica y en mis últimos años apenas seguí con ella. Lo intenté más de una vez, pero se lo dejaba a discreción de los alumnos y ellos mismos desecharon tal actividad. Lo sentí.
Ciertamente que hay cuestiones que están por encima de alumnos y profesores. Los que tienen el don innato de saber hablar, los que superan con creces el tono medio de memoria o inteligencia, apenas necesitan un mero estímulo del profesor para salir adelante. Así es. Lo peliagudo está en sacar adelante a alumnos con capacidades medias, lo realmente encomiable es hacer progresar a aquellos que sin una mano docta no llegarían a nada. Y son muchos, no cabe duda. Salvo esos pocos que serían lo que son pese al profesor —tanto por exceso como por defecto—, la mayoría necesita el apoyo, la ayuda y el saber hacer del profesor. Y ahí, en ese campo ilimitado de progreso, se puede hacer mucho, especialmente en el aspecto de la expresión oral. Si todos los profesores se involucraran los frutos serían más que satisfactorios. Pasaría lo mismo que en la lectura. Si bien en este campo parece que las actuales reformas atinan en fortalecer el tiempo dedicado a leer, no sería descabellado que el siguiente paso fuera por los derroteros de la lengua oral. Al tiempo.
Con la expresión oral, además, conseguimos que el alumno pierda el miedo a hablar en público, que no es poco. Esto supone que, más adelante, sabrá defender cualquier postura con razones de peso. De otro modo, tal vez se calle porque el miedo se lo impone. Y nunca sabremos qué ideas podría haber esgrimido en una u otra situación. Porque una cosa es cierta: el miedo bloquea las ideas. Cuántas veces, después de alguna reunión, se nos vienen a la mente ideas estupendas que la opresión a hablar en público había bloqueado. Y cuántas veces no habrá sucedido lo peor porque el miedo a hablar puso su veto en público.
Profesores, en vuestras manos está el que los estudiantes sean el día de mañana unos ciudadanos íntegros, sin miedo a debatir cualquier tema, con armas para defender su postura y con un caudal inmenso de ideas que pueden encauzar mejor el hacer social. No siempre el silencio es la mejor arma. Hay que hablar, hablar con coherencia y libertad, para poner sobre el tapete las mejores ideas. Sólo así no caeremos presa de esos «embaucadores» del lenguaje que nos llevan y nos traen generalmente por la calle de la amargura. Cuantas más voces salgan a la palestra, mejor. No podemos cruzarnos de brazos y dejar que unos pocos nos conduzcan por senderos equívocos. La enseñanza ha de dar este paso adelante y formar ciudadanos libres y capaces de expresar oralmente y por escrito sus ideas. Con razón se dice que quien no sabe expresar o explicar algo no lo sabe. Lo mismo podemos decir de la lengua hablada: quien no habla por miedo a que se rían de él o por miedo a meter la pata, está dejando en el olvido un sinfín de ideas que podrían cambiar el mundo. Para mejor, claro.
No olvidemos tampoco que hoy día la mayoría de las contrataciones se hacen a través de entrevistas. Y en ellas los expertos son capaces de conocer cómo es la persona, qué formación le avala, cuál es su visión del futuro, a dónde puede llegar... Todo eso lo dibuja, sin querer, el entrevistado. Al trasluz de ese poso queda perfilada la silueta más íntima de la persona.