EL AULLIDO
Gracias Janick
Como una arqueóloga que recompusiera amorosamente los restos de un ánfora la profesora de la Universidad de León Janick Le Men, con paciencia de pescadora con mosca, lleva más de veinte años recopilando palabras gastadas, perdidas y semiperdidas no sólo de León, sino de todo el noroeste y parte del lírico Portugal, para conformar un perdurable macrodiccionario (emociona y reconcilia con el depauperado presente saber que aún hay gente que apuesta por proyectos en los que se deja uno media vida y mucha piel, pero quedan para siempre).
Es el milagro sacrificado, ejemplar y memorable de la sabiduría… Y en efecto dan ganas de aplaudir agradecidamente ahora que acabamos de saber que, en estos días dignos de ser grabados en piedra, esta Brigitte Bardot de cabeza amuebladísima y rubiez sólo en el alma, ha puesto fin al último tomo de su monumento a la lexicografía (esa disciplina que, en estos tiempos minidiscursivos de lenguaje de sms, del sucinto twiter y de políticos/as ostentosos/as con la inteligencia justa para pasar el día, es como una ciencia exquisita para refinados del decir y del vivir).
Esta briosa personalidad de la que León se enorgullece, o debería enorgullecerse, es una estrella con causa porque ha dedicado abnegadamente, y desde esa soledad extrema que exige la investigación científica, muchos años para hacernos saber con su trabajo y su ejemplo que, ahora que el discurso personal tiende a empobrecerse, las palabras sigue siendo uno de los mejores instrumentos de los que dispone el ser humano para mejorarlo todo.
De hecho es una lección de amor esto de alguien que se desplaza a una tierra extraña y la convierte en propia de la manera más intensa en que esto puede hacerse: a través de la cultura y las palabras de esa tierra. Y ella ha hecho esto tan decididamente que ha dedicado a nuestra lengua, como investigadora y profesora, y superando los obstáculos que no han sido pocos, más tiempo y energía y pasión y talento que la inmensa mayoría de los que tenemos una lengua y unas palabras que, como la vida, damos con frecuencia por sentadas.
Gracias a Janick no sólo hemos aprendido y aprendemos palabras, sino el valor de tener palabras, cuantas más mejor, pues en buena medida nuestro vocabulario es nuestra riqueza. Personalmente ella y la poesía me han enseñado que las palabras miden, pesan, huelen, tienen vida propia, son un instrumento de medir, fijan la exactitud de todo y todos y dan entidad, calidad y calidez a mi existencia.
De hecho por ejemplo, querida Janick, gracias a ti he aprendido que la palabra amiga sigue poseyendo el temple, la hondura, el magnetismo, la complejidad y la sobriedad de las grandes palabras cuando pienso en ti.