Diario de León
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CÉSAR ROA MARCO
León

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En dos artículo que publiqué en este periódico (Diario de León, «Después de la derrota», 13 se abril del 2000; y «Volver a empezar», 25 de octubre del 2000) unos meses después de las elecciones generales que ganó Aznar por mayoría absoluta, expuse mi opinión sobre lo injusto que son las listas cerradas para los partidos minoritarios y lo negativo que es para las clases trabajadoras que la izquierda se presente dividida a unas elecciones. En definitiva eran mis opiniones sobre el desánimo político de entonces. Ahora quiero profundizar un poco más y reclamar un nuevo sistema electoral como reclama la juventud del 15–M, proponiendo que se vote a un solo candidato. Nada de listas cerradas ni abiertas.

Yo apuesto por el voto individualizado a un solo representante, con doble vuelta; si en la primera no hay ningún candidato que obtenga más del 50 % de los votos, se prevé una segunda votación con los dos candidatos más votados.

De este modo la participación no se restringe, se abre, y los aspirantes sufren una especie de depuración para siguientes elecciones. Se dan a conocer en su primera elección o en la segunda, pero si son derrotados a la siguiente, desaparecen definitivamente, evitando así el enquistamiento de varones en los partidos. También, los partidos y sus candidatos se verían obligados a adaptar sus programas a la las preocupaciones de los ciudadanos y estarían mucho más en contacto con su electorado, planteando soluciones concretas a los problemas de cada jurisdicción electoral.

La jurisdicción electoral más inferior sería la municipal para elección de concejales; habría tantas como el número de miembros del consistorio. Además cada jurisdicción, en todo el territorio nacional habría de tener un número de votantes más o menos igual, cuestión harto difícil por cierto (no deja de ser un mero problema algebraico, que está resuelto hoy en día con la informática). Para el caso concreto del municipio de León (27 concejales y un censo de 106.320 votantes en el censo electoral del 2011) se procedería a formar 27 jurisdicciones electorales, y en cada una de ellas sólo se puede presentar un candidato por partido o agrupación de ciudadanos, le correspondería a cada jurisdicción una media de 3.940 votantes.

El nivel siguiente sería el autonómico. Partiendo del número de procuradores que corresponde a cada provincia, se procedería a formar las jurisdicciones electorales correspondientes con el susodicho número de aquéllos, fusionando jurisdicciones municipales, manteniéndose la circunscripción electoral en la provincia. Ha de vigilarse que el número de votantes por procurador fuese semejante e igual en todas las provincias de la comunidad y en todo el territorio nacional.

Para las elecciones nacionales se operaría de idéntica manera: Agrupación de las jurisdicciones autonómicas para formar las jurisdicciones electorales nacionales en número igual al de diputados y/o senadores que correspondan a cada provincia, volviendo a tener en cuenta que el número de votantes por diputado o senador sea el mismo.

Las elecciones europeas no deberían ser excepción; los diputados han de elegirse también por el método directo con unas nuevas jurisdicciones adaptadas al número de representantes que le corresponda a la circunscripción de España.

Y no habría que olvidar que este sistema tendría que servir para la elección de una quimérica y utópica democratización de las Naciones Unidas para elegir los representantes de la Asamblea Mundial. Uno intuye que en este caso la circunscripción electoral sería Europa. Esto, que puede parecer una demencia no deja de tener un cierto valor por las perspectivas que abre; se podrían resolver algunos de los muchísimos problemas crónicos enquistados en el mundo: se controlaría el comercio mundial; y se podría crear una moneda única mundial; amén de un ejército mundial garante de las democracias.

Aunque esta dislocada idea, que acabo de enunciar, la he meditado y comentado alguna vez, yo mismo me he sorprendido gratamente por el cambio que significaría tener un representante para cada una de las instituciones políticas en las que estamos inmersos. Se acabaría la visión de un parlamento donde los diputados tienen que mirar a un portavoz gesticulante que avisa lo que hay que votar. El político tendría que votar en conciencia porque sería responsable ante su electorado que le hubiera votado y que le quitaría el voto en las siguientes elecciones, si no está de acuerdo con su actuación.

Al hilo de estas líneas pueden hacerse algunas consideraciones a mayores, sacadas a toda prisa:

—Los electores seríamos más libres, al poder conocer mejor las instituciones que nos gobiernan.

—La manipulación de las oligarquías de los partidos sería menor.

—Aparecería una nueva relación entre candidato, partido y elector, para bien.

—Tendrían que cambiar radicalmente los mecanismos de elección de los candidatos, las estrategias y las luchas dentro de los partidos.

—Se daría lugar a que se presenten «outsiders», más probable en las elecciones municipales que en el resto, ya que sólo se necesitarían un número (a fijar) de votantes que le apoyen para su presentación.

—Surgiría una nueva concepción de los programas políticos que habría que ir adaptándolos a la realidad del electorado y dejarían de ser abstracciones que, en la actualidad la mayoría de las veces, ni se leen ni se escuchan.

—La vida política del país sería distinta puesto que el elegido tendría que estar más en contacto con el elector.

—Cohesionaría más la sociedad.

No es tan quimérico este sistema que se propone, porque funciona en otros países (Reino Unido, por ejemplo, aunque no exactamente igual). Reconozcamos que en España la tradición democrática no es tan antigua y el mangoneo de los partidos es una consecuencia de su adaptación a un nuevo medio político, la política con listas cerradas. Gran corruptela que no se cura con listas abiertas, como lo explica Paul Preston en el Holocausto Español , ya que en las elecciones republicanas las listas abiertas no fueron una panacea, tampoco se conseguía una representación equitativa.

Ítem más, en este mundo globalizado, la intervención del humilde elector en todos los niveles públicos en los que está sumergido sería un avance democratizador sin precedentes y, como no podría ser de otra forma, cultural.

¿Un mundo mejor? Quizá.

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