Diario de León
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A Encina Cendón,

en el recuerdo

Era menuda, y muy tozuda, muy, muy cabezota. Especialmente con los burócratas y los reaccionarios. Con los secretarios de algún ayuntamiento, con los archiveros de algunos museos militares, con todos esos guardianes de la historia, que ponen mil trabas para sacarla a la luz.

Porque Encina se dedicaba a eso, a sacar a la luz la historia, la sangre derramada, la represión encubierta, las heridas de los que perdieron la guerra civil... que también perdieron la posguerra, y los cuarenta años de dictadura, y que acabaron perdiendo también esta democracia que vino escoltada, vigilada, sin memoria.

Encina se nos ha ido en una lucha contra el cáncer («después de una larga enfermedad» dirán en la prensa), una batalla en la que también se puso cabezota, dijo «a mí no me puede», y durante un montón de tiempo no la pudo, no la encerró en casa, no la consiguió paralizar por el miedo o la impotencia.

Ella siguió luchando, no descansó un solo día. No paraba, investigando en los archivos, en los ayuntamientos, en las listas interminables de fusilados, en los libros de los cementerios, en las hemerotecas, en las bibliotecas. Porque cada vez que conseguía el nombre y los apellidos de un represaliado por el franquismo, su edad, sus datos, la fecha de su fusilamiento, era como su pudiera traerlo aquí por un momento, como si consiguiera hacer un poco de justicia, como si consiguiera rescatarlo del olvido.

Lo saben muchos familiares, muchos hijos de represaliados, sobre todos muchos nietos (con menos miedo), que gracias a ella, a su asociación (Aerle) o a otras asociaciones con las que colaboraba, han conseguido saber al fin la verdad sobre su familiar. Saber dónde está su cuerpo (en qué cuneta, en qué fosa del cementerio, bajo qué árbol...).

Quien no tenga un familiar desaparecido, asesinado, enterrado en una cuneta, no puede entender lo que ésto significa, el final del duelo, de la larga búsqueda, del silencio de décadas.

Cabezotas como Encina nos hacen mucha falta, cuando ella empezó su trabajo de recuperar la memoria histórica, eran «cuatro gatos» los que estaban dispuestos a esa labor —entre esos cuatro, Joaquín González Vecín, otro que se nos fue antes de tiempo, cofundador de Aerle—.

Años después, cuando esa lucha ya la ha asumido mucha más gente, cuando los indignados toman las plazas —Encina siempre fue una «indignada»—, cuando ya hemos roto con la burocracia y el silencio cómplice de los guardianes del antiguo régimen —y también sus discípulos—, cuando ondean banderas republicanas en las manifestaciones juveniles, cuando los nietos de los represaliados por el franquismo pronuncian con orgullo el nombre de sus abuelos... es triste que nos falte Encina para ir codo a codo por la calle.

Se nos ha ido pero nos queda su trabajo, los frutos de sus esfuerzo y de otros que creíamos en lo mismo que ella: monolitos en memoria de los represaliados, documentales, libros que explican lo que no se debe olvidar —el último el del espía leonés que luchó contra el fascismo en el libro del que ella fue coautora: «Una alternativa al desembarco en Normandía. La trama de espionaje organizada por la embajada inglesa»—.

Nos queda su recuerdo, nos queda su ejemplo, de lucha y de cabezonería. Contra el olvido, contra los rebrotes de fascismo, seamos como Encina, seamos cabezotas.

Eduardo Silva Bafaluy. LEÓN

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