Diario de León
Publicado por
ALFONSO GARCÍA LÓPEZ
León

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Que revienten de Oriente hasta Occidente los gobernantes dictadores democráticos» (SKA-P).

Quepa, de antemano, mi simpatía y admiración por el movimiento. Sin duda, un oasis en este desierto de mientras-no-me-toque-a-mí… Un movimiento que merece su respeto sólo por el hecho de enterrar ese susurro antiquísimo y cansino que se repite, en el tiempo y en las voces, y que dice algo así de «tú es que no corriste delante de los grises».

Pero no era por no correr, es que no queríamos ni a los grises ni a sus tiempos. Y ahora, brotando poesía, aparecen los, según los inquietos, perroflautas. Según los políticamente correctos, indignados. Se confunden los dos. Los inquietos utilizan términos caninos no por ver peligrar su despacho, sino por miedo a que alguien olisquee en sus cajones y destape sus corruptos y obvios secretos. Los políticamente correctos, los que utilizan presunto hasta para abrir la nevera, se conforman con el indiferente y neutro «indignados».

Ni indignados, ni hartos, ni pollas. Impotentes. Creo que puede ser la palabra. Impotentes de tener, si no pretendes más problemas de todos los que nos han creado, que acatar pacíficamente que no puedas ni si quiera (no sea que se pongan a «limpiar la plaza») colectivizar tu impotencia.

De acatar su democracia. Esa democracia bicefálica que huele, hace tiempo, a mugre. Esa democracia que huele a trajes, coches oficiales para ir a la peluquería, viajes oficiales para hermanarse con cualquier ciudad que no esté de oferta en las agencias (en estos lugares exóticos y a gastos pagos se entienden de maravilla todos ellos, porque aquí, al contrario que a los plenos sin dietas —¡vaya antítesis!—, se apunta toda la corporación), concesiones a cambio de sobres, vistas gordas por gordos talonarios, impunidad a que jueguen al monopoli con nosotros. Y, como siempre, fichas somos para sus dados.

Esa democracia que los reúne en lujosas estancias, amparados por techos que contienen go-telé de doce millones de euros de Barceló (cuando hay pasta de por medio, en vez de en lienzo se trabaja por metros —arte sí, pero la vida está mu’chunga—) para hacer cumbres sobre el hambre en el mundo.

Eso sí, para hablar con perspectiva, previo menú gourmet. Y claro. Uno se indigna por otras cosas. Pero este descaro, este juego que se han inventado dándose pedradas entre ellos cuando quieren ser vistos y descojonándose juntos cuando no les vemos, no indigna. Hincha los cojones. De impotencia, como digo. Nuestros interminables años, con suerte, de cotización para comer de lo barato. Los suyos, breves pero generosísimos y perennes.

Sólo es un ejemplo, un iceberg de ese enorme bloque de hielo que nos está congelando la ilusión. Y por eso me gusta el movimiento del 15-M. Un antídoto contra el veneno que nos hostiga, no gobierna.

Pero como todo antídoto, su efecto no es eterno. El veneno se vio inocuo unos días no más (el punto álgido fue esa sucesión de «auxilis» diarreicos de un parlamentario catalán) hasta que, como cualquier activo nocivo, se volvió a hacer inmune.

Y esto es lo que no me gusta. Lo fugaz de sus nervios. Hoy vuelven a hablarnos de su puta democracia, ya sin auxilis ni helicópteros que los permitan esquivar a los ciudadanos a los que, presuntamente (yo también sé), se deben. No quiero violencia, alivia pero no cura.

Simplemente digo que este maravilloso movimiento (pacífico por el saber estar del que ellos carecen) se ha manifestado, insisto, por congelar nuestra ilusión. Sólo espero que corrijan sus posturas porque quizás, si dan un paso más y nos congelan la esperanza, la paz termine. Y no es plan de cambiar pelotazos urbanísticos por pelotazos carcelarios, ¿no?

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