TRIBUNA
Tiempo de cambios
Los científicos andan molestos y, aunque no lo admitan abiertamente, también algo desorientados. Resulta que todos, sin atreverse siquiera a dudar, habían acatado la teoría de que nada podría viajar a mayor velocidad que la luz. Y uno, que es muy poco científico y que se rige preferentemente por la observación, el estudio de la historia y el sentido común, siempre se ha cuestionado cómo podían estar tan seguros, habida cuenta de lo poco que sabemos del universo que nos rodea. Pero lo había dicho Einstein y ante eso... Mas también hubo un tiempo en que los hombres estaban convencidos de que la tierra era plana y hasta hace muy poco se defendía que los neandertales «jamás» se habían cruzado con el homo sapiens; o bueno, sí, una sola vez, porque habían aparecido restos de un bebé con genes de las dos razas o especies o... no sé como denominarlas porque, al no ser científico, uno teme equivocarse constantemente y despertar sus dogmáticas iras.
El inmovilismo es cómodo y, sobre todo, seguro; es lo que el hombre ha buscado desde que apareció sobre el planeta: seguridad y organización del caos, para aferrarse a algo que le permita caminar con un cierto equilibrio por un sendero absolutamente desconocido, del que ignora el principio y el fin. Por eso nos molesta todo lo que signifique cambio. Por eso cerramos durante meses los ojos a la crisis que nos envolvía, afirmando que no estaba y que, además, si alguien hablaba de ella era un elemento subversivo y desestabilizador. Decididamente no nos gustan las modificaciones; ni a los ignorantes que marchamos guiándonos sólo de la intuición ni a los grandes cerebros que cuando se enfrentan a algo que no esperan, deciden que es un error, como están haciendo con el experimento del CERN, en que unos desconsiderados neutrinos se han atrevido a poner en cuestión nada menos que la opinión de Einstein, quien murió sin entenderse con Bohr, puesto que nunca aceptó las «rarezas» de la física cuántica, a las que tildaba de «fantasmales». Y aunque los experimentos demostraban que era posible que dos partículas se influyeran mutuamente sin ningún tipo de contacto, como el gran genio no admitía que la realidad dependiera del observador y que nada viajara a mayor velocidad que la luz, en la Interpretación de Copenhague se decidió que se usaran los recientes descubrimientos en lo microscópico, puesto que funcionaban para fines prácticos, y que en lo macroscópico se siguiera utilizando la física convencional, sin hacerse preguntas incómodas. Gracias a esa decisión, hoy podemos disfrutar de avances, como el láser o la resonancia magnética, cuyo funcionamiento se basa en aquellas «rarezas».
Es probable que estos nuevos descubrimientos, a los que ahora nos resistimos, con el tiempo se demuestren falsos o simplemente se superen, como tantas veces ha ocurrido ya en el discurrir de la historia, de la que tan poco aprendemos y que incluso, para no tener que enfrentarnos a ella, arrinconamos con el resto de las llamadas humanidades porque no nos parecen inmediatamente rentables. Pero, aun así, no vendría mal un poco más de humildad y mucho menos dogmatismo. Es cierto que están apareciendo variables que pueden hacer tambalear no sólo los principios científicos, sino también nuestro sistema de vida. Si esto es así, deberíamos enfrentarnos a esos posibles cambios con la mente abierta, sin falsos optimismos y sin confiar en que las cuestiones o los problemas nos los vayan a resolver otros o simplemente el paso del tiempo. Cuando algo que afecta a una sociedad crece, mengua, se traslada o evoluciona, exige un estudio serio, realizado por verdaderos expertos, que ofrezcan alternativas, las cuales, una vez aceptadas, involucren a todos según sus posibilidades o capacidad. No es tiempo de juegos, de pensamientos positivos a la americana, ni de dogmatismos inmovilistas; es tiempo de actuaciones responsables, de humildad y de grandes hombres y mujeres, que estén dispuestos a admitir, dirigir y gestionar los cambios.