Diario de León
Publicado por
miguel á. varela
León

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El hombre es también paisaje y geografía. Dios creó la naturaleza pero fueron los payeses los que construyeron trabajosamente el paisaje. Creo recordar que algo así lo dejó dicho aquel escritor socarrón, taciturno y catalán llamado Josep Pla. Se me ocurre todo esto ante un mapa del Bierzo, tan complejo en su sencillez, tan variado en su unidad, tan contradictorio en su simplicidad. Esa forma de cruz rodeada de montañas con el Camino cruzándola de este a oeste, ese país encantando al que sólo se puede entrar bajando, esa región mágica que a veces desaparece sin que nos demos cuenta, se dibuja y se define a partir del agua.

El Bierzo es agua. Torrentes de agua que han ido dibujando el perfil bronco de esos valles que acaban alimentando al Sil patriarcal, al viejo Sil que se escapa hacia el mar con la pena de que el rigor científico y unos pocos metros le han robado el privilegio de llegar al Atlántico con su propio nombre, no como tributario de un Miño morriñoso y cunqueiriano. En el subgénero del futurismo catastrófico, las guerras por el agua tienen mucho predicamento: la humanidad apocalíptica matando por una fuente, por un pozo medio seco o una charca putrefacta, como en las historias de horror bíblicas que han acompañado nuestras pesadillas. En ese escenario uno quiere imaginarse un Bierzo húmedo y opulento, exportador del preciado líquido, que habría convertido a esta tierra en la nueva Arabia Saudí del mundo, un reino de inmensa riqueza en el que los bercianos honrarían a los dioses del agua y beberían vino a principios del otoño.

El Bierzo es también árbol. Bien podría ser el castaño el árbol berciano. O la encina, claro, tan próxima a nuestra tradición espiritual. Pero es que también podría ser el roble, que es madera noble y sabia; o el madroño, que ofrece ahora sus frutos a los osos que ya no pisan nuestros valles; o el acebo, refugio caliente para las manadas desvalidas del invierno. O el alcornoque, que construye esculturas de vanguardia con su tronco desnudo por las faldas de Cobrana, de Campañana o de Cabañas. O el haya, refugiado en el bosque más bello del noroeste, en la frontera de Busmayor con el reino de Galicia, donde podría vivir perfectamente el bandido Fendetestas asaltando domingueros despistados.

Y el Bierzo es también montaña; punto mágico que conecta cielo y tierra en el «axis mundi» de Mircea Eliade, ese centro donde lo sagrado y lo pagano convive con la naturalidad de las historias antiguas. Desde el Catoute, por ejemplo, la vista hacia el sur del mapa del Bierzo es un mar de niebla que sobrecoge y te deja en silencio. Agua y árbol y montaña. Y valle, huerto, niebla y senda. Una combinación en la que nos movemos sin acabar de entenderla en toda su complejidad.

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