CRÓNICAS BERCIANAS
El espíritu del Toralín no existe
P or qué? ¿Por qué? ¿Por qué?», cabe interrogarse con mouriñista atormentamiento. Por qué media España se sorprende —líderes mediáticos incluidos y hasta Claudio Barragán— con la piel de gallina estremecida por esa extraordinaria comunión social del Toralín entre los salmos folclóricos del A Ponferrada me voy en honor a la virgen de la Encina. Ese no es ni más ni menos que el espíritu habitual del Toralín de las grandes efemérides, quizás menos tenso y más festivo contra el Real Madrid que en las épicas fases de ascenso o con la permanencia en la división de plata bailando sobre el filo de la navaja.
Lo doloroso es que ese espíritu mágico de comunión bercianista del Toralín no habite más allá de los límites del pequeño cenobio blanquiazul. Del recuerdo de los vuelos del Icaro De Paula, de los controles inverosímiles de Rubén Vega o del bazoka de Fran; de la estela veloz de Juan Manuel o de las fintas garrinchistas de Ramos. Incluso de las fobias desatadas sobre las testas de Paulino o de Santi Santos.
El duende del Toralín se condensa en un escaparate de 110x90, en el que los mismos políticos, empresarios o agentes sociales que son incapaces de trasladar a otros ámbitos esa fuerza y ese apasionamiento de la comunidad comarcana, se siguen mirando al ombligo regodeándose en una ilusión que no moverá ni un kilómetro de las autovías pendientes, ni un metro de alta velocidad, ni un centímetro de los puertos secos y centros logísticos prometidos. Los papeles y las webs nos siguen devolviendo tras la visita del Madrid la imagen de la autocomplacencia en la que tanto gusta embelesarse a los bercianos aún a sabiendas de que se trata de un delicioso esperpento. El espíritu del Toralín que ahora entusiasma a algunos se constriñe lamentablemente a un rectángulo amniótico en el que con frecuencia nos sentimos seguros y felices más de cinco mil almas, ajenas 90 minutos al desierto que se dibuja al otro lado de la avenida de Asturias. El martes seremos capaces de trasladar ese bello espíritu futbolístico a la catedral del Bernabéu y tronará de nuevo el A Ponferrada me voy . Lástima que entonces la fiesta se termine y que nadie sea capaz de capitalizar toda esa energía humana en pos del ascenso de esta comarca a la categoría de su hinchada. El espíritu del Toralín no existe, pero debería existir.