TRIBUNA
Maite Almanza, periodista

A veces me daba la impresión de que cuando caminaba para sentarse delante de mí, en la alcaldía, ya estaba escribiendo la noticia. Maite entraba por los grandes portones del consistorio con la trompetilla puesta; franqueado el portalón, se daba un garbeo por esa suerte de covachuelas que abocan a una puerta de bronce, daba un vistazo a cuantos papeles y pliegos se hallan colgados o posados en vitrinas o entablados y, sin perder atención a los grandes espacios donde se encuentran las escribanías y se trajinan los caudales, subía a la planta noble. Algo ya había cazado. Introducía su cabello rizo (¡qué rebelde siempre!, como rebeldes eran esos ojos acuosos ante los que no podías esconder la tristeza, el alborozo, o la congoja); lo primero, eso, se asomaba discretamente por las puertas del salón de sesiones por si el sanedrín estaba adjudicando alguna encomienda y de allí al largo corredor desde el que se presencia nuestro pequeño mundo, que es la plaza de España. Larga plática con los concejales de gobierno, a los que engatusaba para que como los ministriles soplasen alguna nota, y a la alcaldía. Así que cuando me preguntaba qué hay hoy y yo le decía nada, Maite, nada, de verdad, nada, ya tenía escrita parte de la noticia.
Verdadero arte hay que tener en una pequeña ciudad para, cada día, contar algo a sus habitantes. En la capital vas, y en un momento te despachan; así es: sacan de la faltriquera la libretina, colocan los micros y grabadoras, recogen los micros, guardan las grabadoras, y no te da tiempo ni a preguntarles por las cosillas menudas de la vida. No te digo nada si es día feriado, quiero decir si vienen ministrines y consejeros, si envía cita algún prohombre o ha ocurrido imprevisto accidente, en estos casos no has empezado y ya te miran con dardos, quiero decir te invitan con los ojos y con gestos de san Vito a que des por finalizada tu alocución. Pero en estas pequeñas ciudades como la nuestra es distinto: la periodista es una paisana que va a tu mesa, con la que platicas largo y tendido, de tu vida, de la situación política, de los problemas sempiternos que tenemos, y después ya va la noticia, que ha de tener previamente en su mente escrita; porque cuando Maite me preguntaba qué hay hoy y yo le decía nada, al día siguiente me encontraba con un reportaje, una entrevista, o una crónica, con un poco de lo que le dije, o le insinué que en otra parte podía haber, y también con mucho de lo que le había ocultado. ¡Cuánto me hubiera gustado que me hubiera hecho mi última entrevista!
Mejor no andar con estas pamplinas de si me hubiera preguntado eso o aquello otro que sabía me anudaba la garganta, mejor no contagiarse de aquellos ojos chispeantes, acuosos de tanta vida, no como en muchos de nosotros ahora, que lo son por la tristeza. La palabra es nuestro mejor don: nos la lleva y la trae el aire con sones dulces y sobrios, menos en esta malhadada ocasión, que es como un desgarro nacido de la profundidad del mar...; la podemos estampar con grecas y dibujos, con nuestra caligrafía, o con caracteres de imprenta sobre un papel de cualquier textura. Maite tenía ese don de la palabra: sabía de su sonoridad y eficacia en la conversación; como pocos era capaz de hilvanar en un vuelo las palabras con un sentido, con un ritmo, con un orden de exposición, ya se tratase de una interviú, un suceso o una crónica sentimental. No dejaba un resquicio sin aprovechar en sus artículos. Y es que yo le decía muchas veces eso, vivimos en un sitio pequeño, ocurren pocas cosas, no hay nada Maite, nada, y al día siguiente en el periódico había nacido de la nada un vellón de palabras.
Para Guillermo, Jose, sus padres, su abuela, su tío..., y también un poco para todos nosotros, Maite sigue escribiendo palabras que lleva y trae el viento: una sinfonía que ya nunca marchitará su eco.