Diario de León
Publicado por
José Luis Gavilanes Laso. Escritor
León

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Siendo la muerte lo más definitivo y auténtico que tenemos en nuestra vida, sorprendentemente, ni ustedes que esto leen ni yo que lo escribo, la vemos figurar en los programas de los partidos en fechas electorales. Y eso porque los encantadores o ilusionistas de la política pueden prometer toda suerte de incumplimientos, de utopías, excepto una, la de la otra vida, aunque todo se andará. Tal vez lo hacen por evitar hacerles la competencia desleal a los abogados de un más allá después de la muerte.

Desde el famoso racionalismo de Epicuro contra el injustificado temor a la muerte: «No puedes pensar en lo que todavía no conoces, y cuando ocurra ya no estás en disposición de pensar, luego no debe ser motivo de preocupación»; hasta el postulado de Heidegger: «El hombre es un ser para la muerte»; más todo el carácter trascendental que se le quiera dar, la muerte no tiene nada de extraordinario, ni es fenómeno que pueda considerarse raro, imprevisto e inoportuno, por ser tan auténtica o más veraz que la vida misma. Porque la muerte presupone siempre la vida, en cambio, la vida es una contingencia que presupone el azar.

Sin embargo, solemos decir, compadecidamente y sin pensar, de tal o cual fallecido, que le «sorprendió» la muerte, aseverando siempre, con razón o sin ella, que le pilló de improviso, completamente desprevenido. Tal no debería ser si nos hubiesen educado en una dirección más guiada a «ser» que a «tener». Porque, un hombre sólo será perfecto cuando la muerte ya no pueda sorprenderlo. De modo que deberíamos virar hacia una educación en la que los educandos asuman sin dramatismo que la muerte es fenómeno natural, y no este absurdo e inútil adiestramiento actual de parecer eternos.

Adecuemos y armonicemos, pues, la vida (que es un pleno ser, una posibilidad) con la muerte (que es una nulidad, pura ausencia, nada). Este trayecto breve entre dos inscripciones en el Registro Civil, que es nuestra existencia, no será auténticamente verdadera si apartamos de ella, como a una apestada, su finitud. Que la vida, como el milagro fantástico que es, se ilumine con la evidencia insoslayable de la muerte. Y que la muerte nunca tenga razones contra la vida.

Hago este preámbulo como meditación acaecida tras haber estado a punto y por tercera vez de traspasar el umbral entre la vida y la muerte. En esta ocasión el percance ha sido un agudo problema cardiovascular. Un nuevo trance en el que la muerte se personificó como interlocutora con todo su pragmatismo fúnebre, entrando en lo más profundo de mi intimidad:

—Bueno, José Luis, va siendo hora. Los viejos ya no hacéis nada de provecho y sois una carga y pestazo para los vivos. Resignados a ser estorbo inservible e inútil, los añosos ya sólo aspiramos a podernos levantar todas las mañanas sin que nos duela ninguna parte del cuerpo ni del alma. Deseosos de que la muerte nos llegue lentamente, como a los hispanos ya nos confería irónicamente nuestro ser el inglés Francis Bacon en el siglo XVI: «Quiera Dios que la muerte me venga de España, así me vendrá más despacio». Que sea, pues, una muerte amable, generosa, sin dolor ni tragedia alrededor, dispensada de entubaciones, de morfinas y tratos con Alzheimer. Y que nos conceda a los que juntamos letras con mayor o menor acierto, la máxima encomienda al mérito mortal, o sea, acabar con la pluma en la mano, como el soldado al lado del cañón, el actor en el escenario o el atleta persiguiendo alguna marca.

Para que el tránsito del exultante joven al deplorable anciano, del enfermo al finado, sea lo menos sufrido y doloroso, el progreso ha dado luz en cada país a un sistema sanitario. Se dice y repite hasta la saciedad, con menor o mayor énfasis o fundamento, que disponemos los españoles de un régimen de sanidad envidiable y modélico por universal y gratuito.

Pero quienes mejor podemos hablar de ello somos los que, por lo quebrantado de nuestra salud, hemos tenido la necesidad de acudir a sus talleres de reparación. Como tantos otros afortunados que hoy lo pueden contar con la sonrisa en los labios, pertenezco desde hace un par de meses a esa ya numerosa cofradía del muelle, o partido cateterista, por llevar en las arterías unos alambres enroscados que amplían la luz de las mismas, después de haber sido desobstruidas para que el corazón continúe latiendo y latiendo como impulsado por esas pilas que nunca se agotan.

Y a partir de ahí un cambio de vida se impone. Menos plato y más zapato. Relaciones con optimistas antropológicos y nada de gafes ni melancólicos. Siempre apartados de aquello que diga «no apto para cardiacos». Ni hablar siquiera de alcoholes ni polémicas ni tabaco. No me afecta. Pese a las limitaciones, mi corazón vuelve a la alegría tanto por el nuevo flujo sanguíneo gracias a los esten, como por la satisfacción de comprobar que en el Complejo Asistencial Universitario de León está igual atendido el catedrático de universidad que el emigrante sin papeles o el humilde labrador de Valdesandinas.

Sería un gran escándalo y desprestigio para el país desvirtuar el sistema expulsando calidad y personal, mientras gastamos el dinero en interesadas o frívolas innecesidades. Claro que hay un margen de reforma en la reducción del gasto sin menoscabar la excelencia funcional. Por ejemplo, no comprendo bien que el propio centro sanitario haya de cargar con los gastos de desayuno, almuerzo, merienda y cena del enfermo. La Seguridad Social no debería cubrir el gasto alimenticio de un paciente que en situación saludable se lo puede permitir todos los días.

Únicamente me resta ya rendir mi tributo de gratitud y admiración a la gran familia del centro hospitalario de León, en especial a las unidades de cardiología. Desde el cirujano jefe a sus auxiliares; desde las enfermeras y celadores hasta las empleadas del servicio administrativo y de limpieza, siempre atentos y disponibles, teniendo que tragarse sus propios disgustos personales en aras de atender al que sufre.

Gracias desde este corazón que no ha dejado de palpitar merced a vuestro esfuerzo, saber y dedicación. Desde este corazón que, por falta de educación adecuada, le cuesta todavía asumir que un día ya no muy lejano dejará de latir para siempre.

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