Diario de León
Publicado por
MIGUEL PAZ CABANAS
León

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Cuando uno pensaba que ya no se volverían a repetir aquellas historias roldanescas, con Directores Generales de la Guardia Civil posando en calzoncillos en las páginas centrales del Interviú , y medio país, desde la responsable del BOE al Gobernador del Banco de España, citados en los juzgados, volvemos a ser testigos de presuntos casos de corrupción, que afectan a presidentes autonómicos y a la mismísima Corona, dejándonos a todos con esa expresión de tontos que, desde los tiempos de Felipe II, configura una segunda máscara en el rostro perplejo de los españoles.

La guinda se la lleva ese relato vil y crápula soplado por el chófer del director general de Empleo de la Junta de Andalucía, digno de aparecer en un guión de Azcona, con lingotazos y chiringuitos pagados a cuenta del erario público y que nos hace pensar que seguiremos viviendo eternamente en un país de golfos y trincones. Esto no tiene solución. De poco sirve que quienes nombren o compartan siglas con esta gente hagan gala de su honestidad, si el barco donde navegan está infectado de ratas. Que sean pocas o muchas no importa, pues el daño que hacen es tan desmesurado, tan irreparable, que sólo nos queda arrojarlas al mar.

La corrupción en España es una manta que cubre la piel de toro, que unos utilizan para ocultar sus trapacerías y otros, con cara de santos, para no ver la mierda que tapa. Una manta de moaré, seguramente, pero con el color de un calzón renegrido y un hedor nauseabundo. Conquistada por garrapatas insaciables, que chupan golosamente del dinero de todos. No hay lejía peleona que fulmine semejante plaga. Habrá quien piense que llegan tiempos de regeneración moral y que, por fin, vamos a ver la casa limpia de ácaros ladrones. Pudiera ser que alguien recupere el rojo mate, un producto que en Babia se empleaba antiguamente para combatir la podredumbre y limpiar las llagas de las vacas. Sospechamos, sin embargo, que ya no debe quedar ni un mísero frasco en las cuadras de la región. Por si acaso, yo les diría que no confíen en ungüentos milagrosos, ni en honorables, léase jueces, capaces de limpiar tanta pocilga. En otras palabras, que se pongan una pinza en la nariz y no se hagan ilusiones. Ojalá me equivoque.

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