León

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Afuerza de meter las manos en los bolsos para que no se las lleve el frío, aterido de noticias funestas, León se ha convertido en una tierra de mancos. Empieza uno por hacerse el interesante, con las manos trenzadas a la altura de la rabadilla y la barbilla clavada en el suelo, como hidalgos que abundaran en el encuentro de billetes de 50 euros tirados pero a los que contrariase el porte agacharse a cogerlos, y acaba por perder las extremidades que se ganaron para la lucha con la evolución de las especies. Una apatía que inunda las calles de este invierno que nos han metido en el cuerpo sin temperaturas bajo cero, ni carámbanos en los aleros, ni niños con el verduguillo calado hasta las cejas. Una ciudad inerte, una provincia para el barbecho, a la que ha tenido que venir el Instituto Nacional de Estadística para corroborar la tendencia que se asienta en la merma de los bancos de las plazas con el lorenzo de las doce; en las esperas de los centros de salud; en las puertas de las escuelas sin carrerillas, ni peonzas.

Que aquí mueren el doble de personas que nacen es una obviedad para la que no se necesitaba el sello de ningún organismo estatal. No hacía falta sociólogos para corroborar que esa población cautiva del Alsa de los domingos engorda ahora el censo de Valladolid. Sobraba con tirar de estadísticas de inversión; de invitaciones veladas para trasladar las firmas florecientes a Boecillo; de comparaciones como la que sangra al comprobar que se invierten cinco millones para reflotar una empresa castellana de cafés traídos de África y aquí se abandona a su suerte a Congelados Elmar, después de haber vendido la participación que la Junta tenía en el capital social a la máxima competidora, que la ha finiquitado por eliminación.

Pero se han perdido las manos para luchar, para apretar los puños como ahora lo hacen casi en solitario los trabajadores de Elmar: apenas medio centenar de personas en la marcha del viernes, en la que no se vio ni al alcalde de la capital, ni a la presidenta de la Diputación. Todos en casa, con las manos escondidas en las mangas, sin darse cuenta de que, como en el poema de Niemoller, cuando vengan a por nosotros ya será demasiado tarde porque no quedará nadie.

Seremos menos y seremos más viejos, con ese dolor fantasma que queda cuando se extirpa un miembro, mientras nos frotamos los muñones.

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