Diario de León

LA 5.ª ESQUINA

Con la limosna en la mano

Publicado por
JESÚS Á. COUREL
León

Creado:

Actualizado:

En el pasillo de un manicomio un loco está con una caña de pescar y una palangana con agua donde ha dejado caer el anzuelo. El director se le acerca, le palmea en la espalda y le dice: ¿Pican, pican? El loco le mira y le contesta impasible: Usted es el primero. Este chiste, recogido por Ramón J. Sender en su obra póstuma «Toque de queda», nos recuerda la fragilidad de nuestras percepciones sobre la cordura, aunque en materia de majaderos ya se sabe que ni están todos los que son, ni son todos los que están. Los desvaríos del intelecto no solo dependen del litio o potasio que tenga nuestro cerebro, sino también del sufrimiento adicional que producen los golpes de infortunio. La incertidumbre propia de la existencia se agudiza en estos tiempos por la falta de empleo y el riesgo de que nos embarguen hasta las dientes de oro, mientras que los peregrinos habituales de la miseria empiezan la jornada con el footing de la limosna para llegar con algunas grasas al final del día.

La pobreza es tan vieja como la humanidad, aunque no por ello se digiere mejor. En sus comienzos, las religiones establecieron normas para ejercitar la limosna con los desfavorecidos. San Agustín recuerda a los cristianos que la caridad no consiste solo en dar dinero a viudas, presos y pobres, sino también acto de perdón de las injurias recibidas. Para los musulmanes, la limosna es el tercero de los cinco pilares del Islam, entendida ésta como una parte de la riqueza personal que debe entregarse a los necesitados y emplearse en obras benéficas. Para alcanzar la pureza, el musulmán deberá asignar el azaque, un tributo que se consagra a Dios para agilizar la economía. El dinero debe circular para impedir el desempleo, siendo su objetivo alcanzar una nueva sociedad basada en la justicia y no en la bondad de los ricos con los pobres. O sea, las bienaventuranzas en la tierra y no en el cielo.

Lástima que la teoría limosnera se queda en ejercicio de intenciones, mientras cada día aumenta la pobreza y el número de indigentes por las calles. Los hay que cantan o tocan instrumentos; otros son silenciosos, encorvados sobre un cartel en el que se lee: «necesito una ayuda»; muchos acuden a las puertas de las iglesias o a los supermercados y, la gran mayoría, camina incesantemente por la calle, como Larry, en Ponferrada, al que hace unos días encerraron en el manicomio. Decía Sender que en España cada uno tiene un drama secreto, «mejor que todos los que se han escrito y otro escrito de una gran torpeza». De estos últimos ya sabemos que los escribe, cada día, el que se acerca a preguntar si pican… Había que hacer algo.

tracking