Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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Doña Lucrecia Canal nació hace 99 años y fue maestra durante sesenta. Ella cumplió su vocación durante la república, la guerra, el franquismo, la transición y parte de la nueva democracia. Siempre en el mismo, sagrado quehacer.

En la profesión más ilustre de un país, de todos los países y épocas, de la civilización. La tarea de enseñar, de abrir caminos y sueños, de dar respuestas y proponer preguntas. De despertar conciencias y ofrecer pautas para realizarse en la vida, para ser un buen ciudadano. Pocas carreras más largas y fructíferas que la de doña Lucrecia, que siempre estuvo al frente de un barco. Porque barco parecía su escuela, en la calle Diego Antonio González esquina avenida de España. Barco, porque estaba en lo alto, nave capitana de aquel vasto ensanche de Ponferrada. Y humilde también, a la par. Vieja nave de palabras y cuadernos. Aún permanece ese buque, ya casi en el olvido, pero todavía ladrillo y cristal. Ahí sigue.

En ese navío, en esas palabras yo pasé cuatro años y todos mis hermanos parejos periodos. Al final de la década de los cincuenta, en la siguiente. La ciudad era dura y pobre entonces, pero también blanca y carbón entre la niebla.

Con autocares muy viejos, con empresarios y guardias. Y siempre, al fondo, la voz de doña Lucrecia. Cuando Manuel Azaña y cuando Felipe González. La misma voz del destino y la geografía; de la historia y la aritmética.

La voz de la vida y del Bierzo, del universo y el mérito. Del trabajo exigente y feliz de la docencia. Su nieto político me decía el martes que la maestra nunca se olvidó de ninguno de sus alumnos. Y yo creo que ningún alumno se ha olvidado ni se olvidará nunca de doña Lucrecia.

Testigo inteligente y fiel de muchas Ponferradas; vecina honorable de aquella sociedad pretérita y también de la actual. Señora que iba por la calle y el hogar ajena a asuntos secundarios, centrada en la paz y el rigor, en la infinita cosecha de alumnos, esparcidos por toda la ciudad, España y el mundo.

Algunos murieron hace tiempo y ya eran ancianos. Otros todavía hoy son jóvenes veinteañeros y podían ser los biznietos de los primeros alumnos. Alguno lo será.

Ahora se ha ido doña Lucrecia, el día 5. Era el gran mito secreto y viviente de la Puebla de Ponferrada, su más ilustre habitante, cuajada de memoria y bondad, de honradez y talento.

Fue la gran reina madre de los niños de esas calles, de esas familias; de las públicas y privadas cosas que pasan en las ciudades. Sobre todo en la que uno vivió y aprendió a vivir. Bajo el empeño cívico de doña Lucrecia, que ya era maestra cuando Antonio Machado también lo era.

Aún suena en mí la canción de los ríos de España. Seguirá sonando. La canción del Sil y del Boeza.

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