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José Antonio Turrado. Secretario general de ASAJA de Castilla y León
León

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Hace ahora veinticinco años se desalojaba el pueblo de Riaño para cerrar una presa que dio paso a uno de los embalses más grandes de España destinado fundamentalmente a regar los campos. Fue el último de una serie de embalses, unos más grandes y otros más pequeños, que situados en la cabecera de los ríos más importantes dotan a nuestra provincia de una capacidad de almacenamiento de agua para regadío que la sitúan entre las primeras del país, sin menospreciar otros usos como el doméstico, el industrial o el medioambiental por lo que supone de regulación del caudal ecológico de los ríos. No es fácil valorar en su justa medida la riqueza que representa el agua de León por quienes siempre vieron así nuestros campos, me refiero a las últimas generaciones de leoneses, ni por quienes todavía menosprecien el oficio de producir alimentos pensando que pueden venir de cualquier parte del mundo mejores y más baratos. Ni valorarán las obras hidráulicas en su justa medida quienes contemplen otras alternativas para regar, aunque a esos les diré que otras no existen: los pozos de hace décadas ya no sirven porque ha bajado el nivel freático, sacar agua de las entrañas de la tierra es inviable económicamente además de poco sostenible, y con el cambio climático los ríos no regulados ya no garantizan el riego a partir de mediados de julio ni en los tramos más alto del cauce. Así las cosas, hoy la práctica totalidad de la superficie de regadío de nuestra provincia depende del agua embalsada, del agua de nuestros pantanos, y por eso un año seco como el actual, media provincia mira cada mañana para las montañas esperando abundantes precipitaciones que terminen embalsadas en el fondo del valle.

Voy a tratar de poner unas cifras, grosso modo, que den una idea de la importancia económica y social del agua para riego que sale de nuestros pantanos. El pasado año, los agricultores y ganaderos leoneses, declaramos una superficie de cultivo en regadío de 135.000 hectáreas, que como antes he dicho, entiendo que están en su práctica totalidad vinculadas al regadío con aguas superficiales provenientes de nuestros embalses. Esta superficie genera productos por un valor aproximado de 280 millones de euros, que bien se destinan a la venta, o se reemplean en el sector ganadero, pues como muchos leoneses saben, la ganadería se ha desplazado de las zonas de montaña a las tierras de regadío donde hay más superficie y opciones de cultivo, además de mejores comunicaciones y centros de trasformación. Hoy son estas tierras de regadío las que permiten hacer una agricultura orientada al mercado, menos dependiente de las subvenciones y subsidios públicos, y las que permiten una producción ganadera intensiva, sobre todo en leche, más competitiva que la ganadería tradicional que se asentaba en toda la cornisa Cantábrica. Los demógrafos han constatado, sin necesidad de sesudos estudios, que en la provincia de León la menor sangría poblacional se ha producido en las zonas de regadío y que esta agricultura ha sostenido una importante actividad económica vinculada con la agroindustria y las empresas de servicios.

No tengo duda alguna que las importantes inversiones hidráulicas que se han acometido en la provincia de León se han amortizado tanto desde el punto de vista económico como desde el punto de vista social. Han supuesto una fuente casi inagotable, porque se renueva cada año hidrológico, de riqueza para nuestra provincia, pues ha generado empleo, empleo en cientos de pueblos que ha permitido el sostenimiento del medio rural, y ha supuesto un cambio medioambiental que sin duda ha sido favorable. Me refiero a que gracias al regadío la provincia de León se cultiva y está verde y cuidada casi todo el año, el agua corre por acequias y regueros y desagües, y es vida lo que de otra forma sería un secarral al que difícilmente se le podría ver algún encanto. Si un sindicalista agrario francés acuñó la frase de «Francia es bella porque se cultiva», en León podemos decir lo mismo pero con un añadido: «León es una provincia bella porque se cultiva y se riega».

Tengo la esperanza que algún día, quienes tanto decimos que nos preocupamos de los problemas sociales, nos decidamos a exigir a los gobernantes mundiales que se erradique el hambre en el mundo. Cuando esos novecientos millones de hambrientos puedan comer todos los días, al menos dos veces al día, tendrá más sentido que nunca hacer agricultura y ganadería. En el regadío leonés, gracias al agua que cada año sueltan nuestras montañas y que la ingeniería ha sabido canalizar, podremos seguir produciendo de forma eficiente y sostenible cultivos de calidad a precios asequibles. Todos los empleos son importantes y más en los tiempos que corren, pero en León es más fácil sostener trescientos empleos agrarios, pasando las explotaciones de padres a hijos, que conseguir que se asiente una gran multinacional que los genere nuevos. Y aun a sabiendas que vienen tiempos difíciles para las inversiones en obra pública, pocas estarán tan justificadas como las que se hagan para aprovechar el agua y regar, pues además estas inversiones tienen la característica diferencial de que los usuarios, es decir, los regantes, le retornan al Estado, en veinticinco años, la mitad de lo invertido y se hacen cargo de la totalidad de los costes de explotación y reparación.

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