TRIBUNA
Nieto Tamargo y el periodismo universitario
De Pamplona nos ha llegado la noticia de la muerte de uno de los periodistas más sobresalientes del último medio siglo de la historia de España, y desde luego del periodismo. Si no resultase hiperbólico me atrevería a decir que Alfonso Nieto Tamargo era, en sí mismo, parte significativa del propio periodismo. Y además un intelectual de muchos quilates. Asturiano de nacimiento y corazón, partió el suyo por gala en dos, llevándose a Navarra el ardor y la voluntad que confiere la tierra donde la Santina tiene un trono de amor y roca, y Pelayo una estatua desde la que tiende la mirada a España. Con ese bagaje, Nieto —que no perdía ni por un instante su universo espiritual: filiación divina y santificación por el trabajo— se funde con una tesonera Navarra, en un abrazo que le ha durado hasta la muerte. En la Universidad de Navarra, y desde los albores de ella, hasta la gran realidad que es ahora mismo el centro, discurre gran parte de su tarea gestora y docente. Fue, asimismo, uno de los principales impulsores de la creación, en Roma, de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz.
Regresemos no obstante a sus predios periodísticos en los que sirvió con alma y vida; de cualquier forma, con la misma entrega que empleara en menesteres, como el de explicar —años ha— derecho Mercantil, en Oviedo. Solo que el mundo informativo y de la comunicación gozaba en él de una evidente prevalencia… Por eso pensó que el periodismo español debía experimentar una metamorfosis profunda. Añadiendo a su servicio comunicador una carga implícita de razonamiento, de pedagogía; que a la vez que informase, formase y transmitiese espíritu y ciencia. Pensó que la comunicación informativa carecería de alma si no comportaba, junto al núcleo de la verdad, el del saber, otorgando a la acción comunicadora y primaria —de expandir noticias— un espíritu cultural de conocimiento y entendimiento. De universidad y universalidad.
No estuvo solo, Alfonso, en aquellas lides por un puesto al sol universitario. También, por citar algunos nombres, anduvieron eficazmente en el empeño Antonio Fontán, Luis María Ansón, Emilio Romero, y la cooperación de Adolfo Muñoz Alonso. Por fin, en 1.971, se alcanzó la meta.
Cuesta trabajo creerlo, pero hasta hubo periodistas opuestos a la idea de dar rango universitario a los estudios de Periodismo. La mayoría de esos discrepantes se contaba entre los que, perteneciendo a los cuadros de la profesión habían accedido a ella mediante una práctica de procedimientos intuitivos, de buen olfato para la noticia, y de hábitos, digamos, empíricos. En otros supuestos la oposición se apoyaba en el «lobby» extra-gremial que no deseaba periodistas colegiados. «Un buen periodista, decían, no necesita títulos incubados —tan solo— al calor de la teoría, le sobra con saber dónde está la noticia, y sintaxis para contarla...
Ustedes creen que para hacer, por ejemplo, un retrato profesional del sociólogo, o del psicólogo, se los pueda encajar en estos términos: «un buen sociólogo, o un avispado psicólogo, no necesitan licenciaturas. Con saber cultura general, cuatro cosas de relaciones humanas, y «ojo clínico» para calar el problema de una persona y sus circunstancias, les es suficiente; además de un despacho y dos butacas...».
Otro día, si se tercia, podría continuar con la historia de los interminables debates sobre la cuestión. Porque hasta se llegó a meter de por medio el Art. 20 de la Constitución —el que se refiere al derecho de los españoles a publicar sus opiniones en los medios— aunque esa facultad no autorice al común de los ciudadanos a manejar informativamente periódicos y/o radioteleemisoras para transmitir noticias en general… (Esta, sería una pretensión tan rocambolesca como si en el terreno de los transportes los ciudadanos tuviésemos derecho a construir carreteras, por el simple hecho de contar con licencia universal para circular por ellas).
Descanse en paz, Alfonso Nieto Tamargo, periodista de cuerpo entero, notable intelectual, inolvidable amigo y ejemplar hijo de Dios.