LA LIEBRE
Tiene que llover
Llevamos dos meses ansiosos porque se explaye el hombre del tiempo cuando acaba el telediario, que si pudiéramos lo empezábamos por detrás como el As. No llueve y nos come la esperanza de que se nos llene el mapa de borrascas, pero sólo aparecen soles como cabezones despeinados por las altas presiones. Cielos limpios y temperaturas de final de mayo. Terrazas de pasarela con palco, adolescentes con bermudas que se besan en los parques sin pedir permiso a la primavera, señoras con la bufanda abierta sobre los hombros y las sandalias en los pies, guiris con forro polar y chanclas sin calcetines blancos.
Tiene que llover, repetimos, como si todos nos dedicáramos al campo, con esa vocación de meteorólogo que tenemos los que somos de pueblo. Ese deje tonto de la cháchara de barra de bar a mediodía, donde comparamos las reservas de los pantanos, mientras miramos hacia las cresteras para alardear de que no hay neveros que vayan a dar cauce a las torrenteras que preñan los montes cada abril. Este año, lo más duro no será el invierno, aventuran los agricultores, que ahora se dan cuenta de que la solidaridad quiere decir que, con el nuevo presidente de CHD, a quien recuerdan bien de su etapa como consejero de la Junta, el agua que anegó los valles leoneses se desbordará en Castilla sin que haya suficiente para regar aquí. No cae ni una gota.
El único goteo que cala son las estadísticas del paro, inclemente en su aguacero mensual. Y el discurso político de la austeridad y la contención que lo llena todo. La letanía de predicadores medievales que nos convencen de que hemos pecado, de que la peste del desempleo es la consecuencia de una clase media que cayó en la tentación del estado del bienestar, de que es obligatoria una expiación que devuelva los derechos laborales y sociales medio siglo atrás. Suenan las carracas por las calles, volteadas por los mismos empresarios y políticos que compadrearon para generar la crisis, y quieren que llueva sin mojarse.
Hay nubarrones en el horizonte. Pica un poco de tormenta. El ambiente está cargado de electricidad. Si empieza a pintear seguro que alguno se queja. Fijo que aparece otro para decirle que lo deje, que es bueno. Entones, como en aquella historia que cuenta Fulgencio Fernández, saldrá la esencia del leonés como respuesta: si fuera bueno, no caía aquí.