Diario de León

ASUNTOS INTERNOS

Velada en la calle Príncipe

Publicado por
J. A. GUNDÍN
León

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En el atardecer de Madrid, ahora que la luz se resiste a morir más allá del Guadarrama, los demonios de la crisis declaran una tregua y las horas recobran el lento sosiego de la confidencia. Hace frío, pero la primavera bulle como un cachorro agazapado. Avanza marzo con zozobra y agitada fatiga, mientras los fogones caldean la ciudad y nos congregan entorno a la mesa hospitalaria. Y aquí está Prada, nuestro Prada A Tope, ramoneando ideas en medio del tráfago urbano mientras le reparan la junta de la culata. Hace años abrió embajada de El Bierzo en la calle Príncipe, en el vértice de Sol y Santa Ana, que a diferencia de las legaciones nacionalistas no cuesta un céntimo, repara los nobles apetitos y cura las flaquezas del espíritu.

Así que la otra noche nos convocó a un grupo de periodistas bercianos desparramados por todo Madrid como apóstoles en medio de infieles. Gente joven y mayoría de mujeres. Unos veinticinco, más o menos. Todos ellos afortunados por tener un empleo estable y por trabajar en lo que les gusta. Profesionales que llevan en la mirada el brillo del combate y el fuego del que triunfa porque jamás se rinden. Compañeros que cuanto más mundo han recorrido más de su tierra se sienten. Y allí, en medio de todos, se colocó Prada para oficiar como maestro de novicios la cena de la pasión compartida. Pero no fue complaciente, ni sedante, ni buenista, ni turiferario. Este no se anda con gaitas. «El Bierzo se muere», soltó sin anestesia a la joven cofradía. Y todos dejaron de masticar. Predicó con fe ardiente y salmodió la letanía de la autenticidad, de la vuelta a la tierra, del respeto a la naturaleza, del trabajo bien hecho, del esfuerzo, del mérito... De la honradez, en suma, como la única fórmula para que El Bierzo no se muera como un viejo al borde del camino.

Supongo que esto mismo lo proclama Prada en su púlpito de Canedo y en Ponferrada, y en Villafranca y en León; pero dicho aquí, en la espesura de una ciudad que crepita como una sartén de palomitas, el mensaje es como un SOS cuya respuesta adquiere el perfil de una obligación moral. La siembra no será en vano, Prada.

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