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LUIS ARTIGUE
León

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Sin dejar tras de sí un atardecer amoratado como una lombarda, sin un «después de mí el diluvio», se despide a sí mismo omitiendo aspavientos y hasta un ceremonioso gesto con la mano abierta Alfonso García, director del suplemento cultural de este periódico desde que tengo uso de razón, para dedicarse por fin a la admirable aislación de vivir y escribir la vida.

Atrás queda un trabajo epatante en pro de la cultura, años de entrega y desafíos forjando una empresa periodística e intelectual que, poniendo acento en la sobrepujante creatividad leonesa, ha servido de modélico elogio para esa multiplicación sensorial, racional y vital que es la lectura.

En efecto resucitando las horas muertas y acrecentando la vida de las horas vivas leemos libros para saber que el placer, el dolor, los sueños, la razón, la locura y las ganas de más mundo son territorio común, que no estamos solos ni somos únicos en el camino interior y exterior continuos, que alguien prueba el placer y la aspereza del vivir del mismo modo que nosotros y bebiendo de la misma copa de la que nosotros bebemos, y por eso podemos identificarnos, aprender o evadirnos de la generosa mano de quien escribe... La noche es gótica o mística, temperamental o plácida, pero siempre hay alguien que escribe mientras los demás duermen.

Por eso debemos a quien nos ha invitado a leer bien, a quien ha desbrozado el sembrado de lo mucho que se edita en este país, no sólo reconocimiento sino sobretodo un profundo agradecimiento por el trabajo bien hecho.

Y en este sentido muchas veces he pensado y alguna vez he escrito que en León, al lado de los clásicos dinamizadores culturales que nos han puesto en el mapa de la inteligencia literaria de este país como Antonio G. de Lama y Bernardino M. Hernando, quedará inscrito el de Alfonso García por su trabajo en favor de la lectura. Mucho nos ha animado Alfonso aquí a saber que leer es añadir a nuestra vida intensidad, exotismo, magnetismo, inteligencia, certidumbres, fascinaciones y posibilidades.

Pero es justo decir que la misión de Alfonso García durante veintisiete años ha sido la de capitán de barco, la de agente de cohesión de un grupo de amigos brillantes que han coordinado afanes y esfuerzos para poner en valor que la creatividad es el instrumento del que dispone el ser humano para mejorarlo todo, y que, en eso, León es un lugar con capital humano respetable.

Aunque seguirá colaborando en Diario de León con el mismo rigor y amor a esta cabecera Alfonso se va a descansar merecidamente de su tarea de director del suplemento. Punto y seguido. Y el barco de El Filandón sigue su travesía a partir de mañana con nuevos bríos…

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Enhorabuena y gracias, «oh, capitán, mi capitán», de todo corazón.