ASUNTOS INTERNOS
Mingote, el humor como salvación
De todos cuantos andamos en los fogones de un periódico no he conocido a nadie tan libre como Antonio Mingote. Ni con una mirada tan luminosa. Nada ni nadie le ataba, carecía de prejuicios, soportaba a los políticos con paternal indiferencia, fustigaba a los poderosos sin descomponer la sonrisa, a los dogmáticos les recetaba la penitencia del ingenio y ante la duda anteponía la bondad, que es el privilegio de los sabios. Todos lo venerábamos, empezando por los de su gremio, los humoristas gráficos, que por encima de ideologías o tendencias lo tenían por maestro y fuente de inspiración. Así lo comprobé cuando Luis María Anson me encargó la edición de un suplemento especial para conmemorar los cuarenta años de Mingote en ABC. Ningún dibujante de relieve faltó al homenaje, pero otros muchos se quedaron a las puertas porque hubo una auténtica avalancha de originales. Más de treinta años le traté, los últimos en La Razón , su otra casa, y nunca supe de sus enemigos, si es caso alguna caterva de sectarios sin lustre ni talento que no prestigian ni como adversarios. Hasta la querella que le puso la socialista Rosa Díez, cuando era consejera de Turismo del Gobierno vasco, fue tan ridícula que durante semanas no dimos abasto con las miles de cartas de apoyo que llegaron a la Redacción. Sí, todos le admirábamos y le queríamos porque era un ser excepcional y entrañable, pero sobre todo porque cada mañana nos explicaba el mundo con la simplicidad de un silencio. En realidad, Mingote tendía su mirada al borde del camino y como un espejo reflejaba no las apariencias ni las muecas, sino la precariedad de la condición humana. Más allá de la crónica diaria que nos regalaba, en Mingote latía la perplejidad de quien bucea en la existencia sin encontrar jamás una explicación convincente. Su gran libro «Hombre solo» es una genial indagación sobre el absurdo, las contradicciones, las incongruencias y las paradojas que encierran al ser humano en un laberinto sin salida. Caminamos sin destino y nuestras pisadas son signos de exclamación hacia ninguna parte. Sin embargo, Mingote no desespera en el nihilismo y nos revela que también el humor nos salva de nosotros mismos y nos redime de la soledad a la que hemos sido condenados. Y que en cada sonrisa resucitamos. Por eso le debemos tantas resurrecciones.