TRIBUNA
Literatura en Fresno
Son ya muchas las villas, aldeas o lugares leoneses cuya historia, cultura, tradiciones y costumbres se va desvelando paulatinamente en letra de imprenta, gracias a la encomiable labor de personas instruidas contando con la ayuda del erario. Anotaciones para la historia de una villa leonesa , rebasa con creces la modestia del título, por ser libro bien escrito, profusa y bellamente ilustrado. Ha sido financiado por el Ayuntamiento de Fresno de la Vega, y en él han colaborado distintas personas, además de la Asociación Cultural Fraxino. La edición se suma a las celebraciones con motivo de la concesión del título de villa que tuvo lugar el 16 de febrero de 1712 por parte del rey Felipe V. La ceremonia bautismal de la obra tuvo lugar recientemente, y como no podía ser mejor escenario, en la iglesia parroquial de la villa pimental, siendo apadrinada la criatura por Julián González Prieto, Víctor-Manuel Ferrero y el apoyo de la Asociación Promonumenta, de la que el autor ha sido nombrado este año Socio de Honor. El investigador Ramón Gutiérrez Álvarez es el autor del texto. No se pudo escoger estudioso más competente para este tipo de trabajos. Ramón es cronista experto, con un currículum ya dilatado en estudios etnográficos y filológicos. Por lo tanto, hombre especializado y pintiparado para ir a las fuentes y extraer de ellas el caudal de noticias y datos pertinentes, sabiéndose mover con soltura por ese mundo laberíntico de los archivos y circular con pericia por las abstrusas caligrafías de los documentos.
Hay dos momentos en la lectura del libro, que por ser en mí motivo de estudio permanente, me gustaría apostillar. El primero de ellos seguro que también sorprenderá a más de uno. El autor pasa de largo sobre lo acontecido durante la Guerra Civil. Pero sí revela un dato importante, como son los resultados de las elecciones de febrero del 36, en las que, curiosamente, fueron mayoría los votos obtenidos por el Frente Popular (54, 89), en contraste con los contabilizados en el partido judicial y en la provincia de León, donde triunfaron las derechas (57, 64 y 52, 91, respectivamente). Postura inteligente del autor por ser asunto todavía hoy, pese al tiempo transcurrido, incomprensiblemente espinoso para muchos. Se deja, por tanto, la puerta abierta para que el lector entre y participe. Pedí al alcalde, que me fue presentado por el amigo e insigne coyantino Alberto Pérez Ruiz, una explicación de esa disparidad del electorado. El edil, del PSOE, se encogió de hombros, como diciendo, «simplemente, cosas que pasan». ¿Ignorancia o no quererse «mojar» para no ser víctima de resfriado? A la entrada del templo observé la clásica lápida con los caídos por Dios y por España a rebufo de J. A. Primo de Rivera. Nada, por tanto, de republicanos como Domingo Melón Prieto o Secundino Prieto Bodegas, fresinos a quienes sacaron de «paseo» desde su reclusión en San Marcos hasta el cementerio de Puente Castro, donde están registrados como muertos por «parada cardiaca». Ni de Baltasar Melón Alonso, minero de 22 años, también natural de la villa y vecino de Pola de Gordón, condenado a muerte y ejecutado por el horrible crimen de no haberse sumado a la rebelión. Hasta que no seamos capaces de convertir el victimario de la Guerra Civil de relativo en absoluto, esto es, incluyendo vencedores y vencidos, no podrá cerrarse nunca, ni histórica ni moralmente, el episodio más negro de nuestro pasado.
El segundo momento es cuando el autor se refiere a la obtención de la jurisdicción de Fresno por el conde de Valencia de Don Juan, en tiempos de Enrique III de Trastamara. Es sabido que el rey Juan I de Castilla donó en 1387 al infante Don Juan de Portugal el recién creado ducado de Valencia de Campos, o de León, la antigua Coyanza, por los servicios prestados a la causa castellana en la guerra que sostiene con portugueses e ingleses en Tierra de Campos. Me permito apostillar que sobre el suplemento posterior de «Don Juan», que completa el nombre de la villa coyantina a partir de principios de XV, existe la controversia entre los historiadores de adjudicar este Juan a un hijo de Alfonso X, el Sabio, como antiguo señor de la villa, o al aludido infante portugués, fruto de los encendidos amores entre el rey luso Pedro I y la doncella gallega de «cuello de garza» Inés de Castro. El debate podría haberse resuelto —permítaseme la broma— con el topónimo más conveniente de «Valencia de dos Juan», con lo cual se habría zanjado el problema, aunque permaneciese sin desvelar la verdad histórica.
Contó el acto de presentación con una iglesia abarrotada. Observé con gozo a la mayor parte de los asistentes con el libro en la mano. Si cualquier nacimiento es todo un acontecimiento, el alumbramiento de un libro merece no ser menor motivo de júbilo. Ya pasaron los casos de bibliotricia, como cuando Santo Domingo de Guzmán mandó quemar los libros heréticos albigenses con la pretensión de que si alguno era ortodoxo se salvaría de las llamas (momento ilustrado por Pedro Berruguete en la tabla del Prado conocida como El milagro del libro incombustible ); o cuando, más reciente, se quemaron frente a la pulchra leonina los libros del Ateneo Obrero Leonés. Pero también pasó ya el tiempo en decir que, por ser escasa la lectura, los libros de moda eran el libro de misa para las mujeres y el librillo de papel de fumar para los hombres. La ceremonia en el templo de Fresno me hizo recordar la frase que nos endilgó el primer día de clase en la Facultad el profesor de Literatura Española: «Aquí el que lee se salva y el que no lee se condena». España es de los primeros productores de libros del mundo, si bien y por desgracia, la lectura todavía hoy no va en la misma proporción. Aunque haya tomado otros rumbos, la escritura nació, no lo olvidemos, para que los conocimientos adquiridos no se perdiesen y aprovechasen a las generaciones venideras, irremisiblemente perdidos si quedaban sólo albergados en la mente de los doctos. Se cuenta que en la Academia Palatina de Carlomagno, su hijo, el joven Pepino, preguntó: «¿Qué es la escritura?», a lo que contestó el sabio maestro Alcuino de York, breve y lapidariamente: «La conservadora de la ciencia». Nada mejor para cerrar este artículo que los versos del poeta sevillano Francisco de Andrada en la conmovedora Epístola moral a Fabio : «Un ángulo me basta entre mis lares, un libro y un amigo, un sueño breve que no perturben deudas ni pesares».