Diario de León

LA 5.ª ESQUINA

Nivel de vida, nivel de muerte

Publicado por
JESÚS Á. COUREL
León

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La Universidad de León organiza unas jornadas literarias en homenaje a Ramón Carnicer. Con ellas buscan profundizar en la obra de este autor leonés para acercarla a los estudiantes universitarios, manteniendo viva la memoria de un gran profesor, de pensamiento universal, que comenzó a escribir pasados los cuarenta años. Cualquier pretexto es bueno para hablar de Carnicer a los jóvenes, para inculcarles el espíritu de superación, la tenacidad y los valores, que tanto adornaron a este ilustre leonés.

Conocí a Ramón en los últimos años de su vida, pero mantuvimos una amistad intensa, casi siempre a través de largas conversaciones telefónicas. La conversación versaba sobre cualquier cosa, fuera noticia de actualidad o estuviera anclada en los avatares de la historia. De cualquier tema era capaz de hablar con solvencia y con claridad diáfana, sin pedanterías, ni modales amanerados; sin temor a colgarle sambenito a una sociedad cuyo apellido tiene «nivel de vida, nivel de muerte». A sus conocimientos sobre la lengua, la historia o la literatura, añadía Ramón un humanismo que invitaba a no descreer de las personas, aún a pesar de las mezquindades y atrocidades que emprendemos a diario. Nunca había una mala palabra, ni un comentario vejatorio sobre nadie, salvo si había que llamar a las cosas por su nombre. En eso era tajante. No tenía reparos en denunciar lo que consideraba injusto, necio, insulso o falto de interés. Y para describirlo utilizaba el castellano como sus maestros: Gracián, Cervantes y Quevedo. La humildad era una parte de su larga anatomía y en su vocabulario siempre desbordaba el agradecimiento a cualquier comentario sobre su persona o su obra, no dejando pasar ni un instante sin escribir unas notas agradecidas en una carta o, en su defecto, una llamada telefónica, sobre todo en sus últimos años. Para la amistad no existen edades, ni más norma que el respeto, la sinceridad y el afecto.

A falta de su presencia, la memoria de Carnicer es buena compañera de viaje. Con frecuencia deberíamos tener alguna obra suya en la mesita de noche, para recordar las aspiraciones que hemos de buscar en la vida: honestidad, tesón, sinceridad, humildad y complicidad con la naturaleza. Por eso, en este año de su Centenario, es preciso dejar huellas firmes de su legado intelectual y humano. Una excelente propuesta es la creación de una ruta turístico-literaria por Cabrera, como fijar recuerdo permanente en forma de busto en la Alameda de Villafranca, la reedición de algunas de sus obras y estas jornadas, que nos recuerdan que somos tributarios de su sabiduría… Había que hacer algo.

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