HISTORIAS DEL REINO
Universitarios
La semana pasada la Universidad de León, como la mayoría de las universidades de este país, vivió unas jornadas de protesta acompañadas de manifestación de repulsa ante las medidas que el señor Wert, ministro a la sazón de educaciones diversas, ha bordado en forma de Real Decreto Ley 14/2012, de 20 de abril. Unos números y fecha que, si nadie lo remedia, quedarán marcados a fuego en la triste memoria de la agonía de la cultura de nuestro país, convertidos en clavos de un ataúd que contiene el cadáver de lo que pudimos ser y no fuimos, de lo que hubiéramos llegado a conseguir y nunca conseguiremos.
Maneja el Real Decreto Ley una guadaña capaz de cercenar siglos de libertad académica, la misma que, un lejano día de 1218, durante el reinado de Alfonso IX de León, eclosionó en forma de Universidad en Salamanca, capaz de alumbrar durante siglos el saber en Occidente, pilar de conocimientos, debate, avances y dinamización de la sociedad, amén de último refugio de aquellos que caminaban a contrapelo de sistemas adoctrinadores de conciencias so excusa de ordeno y mando.
La Universidad en España, desde aquellos lejanos siglos medievales, ha caminado con fortuna desigual. Las cifras que se manejan, a favor o en contra del sistema público, pueden modelarse a placer, aunque lo cierto es que el acceso a los estudios universitarios, amén de engañar las estadísticas del paro, ha contribuido a crear un colchón social de jóvenes magníficamente preparados, capaces de pensar por sí mismos, dispuestos a luchar por un futuro que cada vez se agosta más ante sus ojos, pero que, en esencia, lleva décadas hermanando en el talento lo que nacimiento o riqueza separa.
Ahora, con esas medidas propuestas por Wert, la Universidad se tornará de nuevo elitista en lo económico, con una subida de tasas que impedirá el acceso a los más humildes, que tornará la lucha por unas becas, cada vez más reducidas en número, en batalla campal del intelecto brillante contra la cuenta corriente.
De poco sirven, de momento, las exigencias del Consejo de Rectores ante el ministro, al que solicitan que rectifique. Tampoco demasiado ayudan las miradas hacia otro lado de quienes acusan a la Universidad Española de poco competitiva y apoyan, tácitamente, el final de las investigaciones con dinero público. Un dinero, señores, que ha contribuido a avances oncológicos, creado patentes y vacunas. Un dinero, por cierto, que, si no se remedia, acudirá en borbotones a sanear Bankia, pero no a crear becas de formación de investigadores.
Quizás porque nada está perdido hasta que se rinde la bandera, los universitarios debemos sumarnos en la defensa de un sistema público de enseñanza de calidad. Porque con la razón y la verdad, así nos lo enseñan nuestros mayores, siempre se vence… o convence.