Diario de León

FUEGO AMIGO

Un obispo omañés frente a Hitler

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ERNESTO ESCAPA
León

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Este domingo se cumplen 60 años del Congreso Eucarístico de Barcelona, primer evento internacional de la posguerra en España. De la celebración quedó el fervorín del himno, escrito por Pemán y muy entonado en las liturgias preconciliares: «De rodillas, Señor, ante el sagrario…». Pero aquel despliegue eclesiástico trituró una víctima inocente: el obispo de Soto y Amío don Fidel García Martínez (1880-1973). Ahora la Iglesia conmemora por lo alto la efeméride, ocultando su viscosa complicidad con el fascismo. La tesis doctoral de María Antonia San Felipe (2011) y el libro menos solvente del magistrado Iturmendi y el historiador Patricio de Blas (2008) han contribuido a esclarecer la verdad.

La secuencia de los hechos fue como sigue. El 28 de febrero de 1942 don Fidel rubricaba la Instrucción pastoral sobre algunos errores modernos , en la que acusa a Hitler y a sus secuaces españoles de racistas y anticristianos. A partir de ahí, los vicarios españoles del nazismo le arrojaron el pringue de la ignominia. El texto de don Fidel descalifica sin ambages los elogios domésticos a los nazis. Tampoco votó en el referéndum de 1947. La Gestapo y su cuadrilla carpetovetónica pusieron en marcha una implacable campaña de descrédito, que hurgaba donde más dolía, presentando al obispo como rumboso mujeriego que gastaba en lujos y orgías los caudales piadosos. Sin cejar en la infamia.

Durante el Congreso Eucarístico, el obispo de Calahorra fue víctima de una sucia emboscada. Una llamada anónima reclamando urgente auxilio espiritual lo llevó hasta un camuflado burdel, donde fue fotografiado por la policía. El montaje dio sus frutos inmediatos. Un atestado acusándole de dilapidar los fondos diocesanos en alegrías carnales, la connivencia del arzobispo Modrego y el filtro venenoso del chismorreo acabaron con su capacidad de resistencia. Don Fidel renunció al obispado y se retiró con los jesuitas a Oña, al monasterio que acoge ahora las Edades del Hombre.

En los sesenta, don Fidel brilló en la legación española al Concilio Vaticano II, mientras el franquismo le ofrecía una reparación silenciosa, que despreció. Fraga cuenta en sus memorias una confidencia de Franco sobre aquel sucio montaje. Lo hablan sin contrición, como una salpicadura más de su tránsito por la ciénaga de la dictadura. Tampoco la Iglesia oficial (incluido Tarancón) mostró el mínimo atisbo de pesar por aquella felonía. Pasaron los años y fue prevaleciendo, en testimonios memoriales como el de Carnicer (su confidente, el policía Rois Froján, se daría un tiro de remordimiento en la barriga) o en biógrafos de acarreo como Preston, la versión pestilente. Hace sesenta años de la ignominia, pero el clamor de la vileza me asaltó en la visita a Oña.

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