Diario de León
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JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
León

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El carbón leonés no pasa por su mejor momento. Tiene dos problemas: uno coyuntural, los recortes del Gobierno en los Presupuestos a unas minas que sólo con subvenciones pueden subsistir; otro estructural, el rechazo social que provocan los métodos de explotación a cielo abierto y los niveles de CO2 que emiten las centrales térmicas en la producción energía eléctrica. Es difícil defender esta minería, y lo es aún menos falseando la realidad. Nicanor Sen y Ana Luisa Durán hablan de que en León esta actividad genera 10.000 puestos de trabajo directo. Ese número lo había en León en los años sesenta, hace diez años sólo quedaban cuatro mil mineros y hoy apenas hay dos mil. En la mesa de negociaciones esos datos tienen poco recorrido. Por eso el Ministerio de Industria, pese al ruido mediático o los cortes de carretera, hace oidos sordos a las protestas, incluso de las de sus correligionarios.

La minería del carbón tiene fecha de caducidad, pero si queremos defender su continuidad unos años, debemos utilizar mejores argumentos y no los datos falsos y el victimismo, que no generan más que exasperación y melancolía. El carbón debería considerarse en España un recurso estratégico. La mayor parte de la energía que producimos es térmica, y ésta mayoritariamente se obtiene del petróleo y gas natural, que debemos importar. A su coste, cada día más caro, hay que añadir la inestabilidad de los países productores. No se puede defender la autarquía, pero apostar sólo por esa energía foránea no es razonable. Ahora se entiende mejor el error de Zapatero facilitando la venta de Endesa a Enel, pues hizo un flaco favor a la minería del carbón. Que los socialistas leoneses, entonces tartufos de aquel tejemaneje, clamen ahora contra el gobierno de Rajoy y griten que hay que defender el carbón provincial es una bofetada a la inteligencia de los leoneses.

A diferencia del gas y del petróleo, que sólo enriquece a los empresarios que lo importan, el carbón genera ingresos directos a mineros y empresarios, y crea un tejido industrial en torno a esta actividad. De la mina viven además muchas familias directa e indirectamente, dinamiza la economía de comarcas enteras. Por eso deben apoyarse las subvenciones aunque no sea muy popular en tiempos de crisis. También se subvenciona la agricultura o se inyectan millones de euros a los bancos para mantener el tinglado financiero. Las subvenciones al carbón no suponen una cantidad desorbitada y los beneficios que generan a las comarcas mineras las justifican sobradamente. Pero apoyar el carbón, pese a las campanas que anuncian su muerte, no puede ser a cualquier precio, deben controlarse mejor los cielos abiertos y solucionar de una vez por todas la emisión de CO2 a la atmósfera. Sólo así se puede defender el carbón.

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